Lo único que yo tenía claro sobre mi emancipación era que yo quería un piso en propiedad y que fuera nuevo. Ahí es nada. Mis padres se rieron a gusto cuando les comenté mi idea. Mis amigos aún andan carcajeándose. Pero soy muy cabezota.
El primer dolor de cabeza (de muchos posteriores) vino cuando me vi obligada a desechar de mi cabeza el concepto de vivir en el centro. Si quería un piso nuevo, tendría que acceder a las zonas residenciales. Nuevas, pero sin servicios, ni gente, ni vida, ni ná. Asumido este 'pequeño' detalle, me dispuse a buscar el piso de mis sueños. Una nueva carcajada de mis progenitores, amigos, jefes... me hizo resignarme y buscar algo que se correspondiera con mis ingresos. Una vez decidido este aspecto, llegó el momento de la gira. La gira por todas las entidades bancarias para ver quién me concedía un préstamo para adquirir una vivienda. Tras cientos de negativas, un honrado empleado de banca (rara avis) me invitó a preguntar por mis posibilidades en el Instituto Riojano de la Vivienda, donde según me dijo me podrían ayudar. Ja ja ja (ahora soy yo quien me río). Allí me dijeron que si quería optar a la Hipoteca Joven, tenía que cobrar como dos veces y media más de mi sueldo. Gracioso, ¿verdad?
Al final tuve que aceptar la realidad: o me tocaba la lotería o recurría a mis padres. «Menuda independencia buscas tú», me dijeron con más razón que un santo. La entrada del piso, las gestiones del notario, la firma de la hipoteca... me ayudaron con todo.
Acepté con resignación la imprescindible aportación familiar para mi independencia. No me quedaba otro remedio. Y aunque siempre les agradeceré su colaboración desinteresada, nunca me podré quitar la etiqueta que emanciparse hoy conlleva: la de hipotecada (y ahogada) para el resto de mi vida. Es el triste precio que hay que pagar por vivir por nuestra cuenta...












