Podría hablar aquí de las ventajas logísticas de permanecer en el nido. Podríamos hablar del hecho mágico de que la ropa aparece limpia y planchada sobre la cama. Mi dieta no sólo se basa en ensaladas y fritos y ahora vuelvo a saber lo que es el tocino en un plato de caparrones, las croquetas caseras o los pimientos rellenos. Podríamos hablar de que el baño siempre está limpio y que hace meses que no pago una factura de Internet. Podría, pero no sería justo; porque vivir en casa de tus padres a partir de cierta edad y habiendo degustado las mieles de la independencia universitaria cuesta, y sin embargo, una vez que te acostumbras a ciertas cosas, puedes disfrutar de una nueva etapa vital, sin ser tampoco caradura. Hacía cuatro semanas que había regresado a Logroño tras terminar la carrera. Eran las tres de la mañana de un sábado cuando abrí la puerta de mi casa con los zapatos en la mano, para no hacer ruido. Mi padre, en pijama, con la cara somnolienta y de malaleche, me esperaba con la luz apagada en el pasillo. De repente la oscuridad me espetó un «¿se puede saber dónde estabas?» que me dejó en el sitio. Desde entonces establecimos un pacto tácito de no agresión: yo avisaría si llegaba tarde, cumpliría ciertos horarios y unas normas mínimas y ellos respetarían mi independencia relativa.
Tengo la suerte de llevarme bien con mi padre y entenderme muy bien con mi madre. He aprendido a torear preguntas indiscretas y evitar temas espinosos. A cambio, me siento cuidada y protegida. Con 25 añazos disfruto de los mimos y achuchones que mi mami me prodiga. Ellos son también mis mayores fans; oyéndoles hablar cualquiera diría que Cervantes a mi lado es un aficionado y que voy directa al premio Pulitzer. Ese apoyo incondicional que me espera cada día al entrar por la puerta de casa no tiene precio y lo digo de corazón. Además, no voy a hacerles la faena de irme de casa y dejarles solos, ¿no?











