La vida de Jesús es un ejemplo de libertad frente a la ley, al templo y los sacerdotes. Y pudo ser libre aquel laico judío porque resistió las tentaciones del poder, del dinero y del prestigio. Y como la Iglesia ha caído y sigue cayendo tantas veces en esas tentaciones, a menudo su conducta no es libre, sino que vive en el temor hacia dentro y hacia fuera. La pluralidad constitutiva de los cristianos primitivos -con sus iglesias de Pedro, Santiago, Pablo Juan o Magdalena- se redujo constitutivamente en un esfuerzo unificador, consagrado jurídicamente con la 'sacra potestas' y una estructura piramidal, heredada del imperio romano. Así tenemos el ejemplo de última monarquía absoluta en Europa, la del Estado del Vaticano. Un estado que se resiste a la firma de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que discrimina totalmente a las mujeres y reduce a todo el laicado, incluído el masculino, a la condición de súbdito pasivo, cuya virtud por excelencia ha de ser la de la obediencia.
Llegó la Reforma e hija de ella la Ilustración y a oponerse a ellas, la jerarquía católica dedicó durante siglos todas sus energías. La secularización y las declaraciones de derechos humanos en las distintas revoluciones encontraron rotunda oposición en los soberanos de los estados pontificios. La pérdida de su poder temporal y su encierro en el Vaticano no menguaron sus condenas hacia las perniciosas libertades modernas. Hubo que esperar al Concilio Vaticano II, fruto en gran parte de la labor intelectual de teólogos bastante perseguidos desde el Tribunal del Santo Oficio para proclamar que la libertad religiosa es un derecho básico de la persona y que desde una confesión religiosa no se debe obstaculizar la legítima autonomía del orden temporal.
Pero, todavía, el miedo sigue vivo. Se añora el poder disfrutado en la vieja cristiandad. Se quiere recuperarlo en la medida de lo posible. Se denosta el laicismo como el gran enemigo de la fe. Unos temores paranoides hacen que vuelvan sus ojos al laicado, al que habían reducido a rebaño sumiso, instándole a que se rebele contra determinadas decisiones del poder civil, llegando incluso a la desobediencia civil u objeciones de conciencia. Es que creen que la otra cara del laicismo es el relativismo. Sólo ellos pueden definir objetivamente las reglas inmutables del bien y del mal y sus consecuencias más concretas. Son maestros infalibles que dogmatizan las respuestas a viejos o nuevos problemas. Quien pregunta, porque tiene dudas, no es que busque la verdad, es un relativista. No son hombres de diálogo, sino de recetas. Es difícil encontrar la misericordia en algunas proposiciones éticas que formulan; se atienen a la rigidez de la norma para condenar. Por eso, los que nos atrevemos a ser personas de frontera en la iglesia y en la sociedad, hemos de atrevernos a ser testigos alegres de un mensaje liberador en busca de otro mundo más justo y más fraterno, a pesar de los obstáculos procedentes de los medrosos hombres de poder.





