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RSS | ed. impresa | Regístrate | 8 octubre 2008

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EL BISTURÍ
De cinco desfibriladores

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El miedo a enfermar y en definitiva a palmar que se apodera de las sociedades más ricas y desarrolladas (léase más sanas), entre ellas la nuestra, está derivando en pánico rayano con la paranoia. Valga como muestra la reciente iniciativa de algunos restaurantes caros (o sea muy caros) de instalar desfibriladores en sus comedores por si a algún cliente le diese el jamacuco mientras zampa. Son esos aparatos que producen descargas eléctricas para intentar poner de nuevo en funcionamiento la patata cuando le da por pararse, que tanto juego dramático dan en las series de hospitales, cuyo manejo estaba reservado hasta ahora a personal sanitario experto en técnicas de resucitación. Mas hete aquí que sacan al desfibrilador de uvis y Urgencias y lo instalan en peatonales, oficinas, estaciones y hasta restaurantes para que cualquier pichigato pueda meterle un garrampazo en el babero al primer comensal que parezca más amodorrado de la cuenta por efecto del atracón. Imagine que está usted en pleno banquete de la comunión de su niña cuando de repente se le clava una espina del lenguado en la garganta o se le va por el otro lado el lingotazo de reserva y empieza a toser hasta congestionarse como un demonio. En ese momento su cuñado favorito o su suegra, que le tienen muchas ganas, se abalanzan sobre usted palas en ristre con la intención de asarlo a voltios hasta dejarlo más hecho que el solomillo del segundo plato. Afortunadamente el cacharro es más inteligente y sólo funcionará cuando el corazón lo necesite pero del numerito no le habrá librado nadie. Bromas aparte, además del derecho que nos asiste a no ser reanimados en caso de paro cardíaco, llegado el caso yo preferiría que lo intentaran los del 112 antes que un camarero o el mismo sumiller. ¿Qué no llegan a tiempo? Pues mala suerte oiga, que a todos nos ha de llegar la hora y nadie se muere la víspera. Pero me niego a aceptar que vivo en una sociedad tan enferma que acabará endilgándonos a todos un resucitador de bolsillo para ir por ahí electrizando sospechosos de asistolia, excepción hecha de ese vagabundo tirado en la acera entre cartones a pocos metros del lujoso establecimiento de cinco desfibriladores ante el que pasamos de largo sin importarnos si el miserable aún respirará o ya la habrá espichado. Teniendo en cuenta la categoría de los restaurantes que van a instalar el dispositivo reanimador me pregunto si no lo habrán hecho para evitar alguna muerte súbita al recibir la cuenta. Tal precaución para asegurarse el cobro sí me parece una buena razón de empresa, habida cuenta de que a un crustáceo y un puñado de arroz le sacan lo que cuesta un aparato. Dos si hay sed y pides agua.
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