
Fue una alocución honda y emotiva en la que Gelman defendió que los poetas «escriben para vivir». Un Juan Gelman sereno y circunspecto que con 77 años recibía poco después del mediodía de manos de don Juan Carlos el diploma y la medalla que lo acreditan como miembro del selecto club de 'los cervantes'. Con estas credenciales ya en su poder, ascendió parsimonioso el poeta al estrado del paraninfo, extrajo del bolsillo interior del preceptivo chaqué cinco páginas mecanografiadas, se calzó las gafas de miope y leyó sin asomo de grandilocuencia un discurso cargado de poesía, de elogios al magisterio de Cervantes y estremecedoras y duras constataciones sobre lo más duro y execrable de la condición humana: el perenne ejercicio de la violencia.
Tras recordar que con él se premiaba a la poesía, se preguntó Gelman que hubiera dicho Hölderin «en un mundo en el que cada tres segundos y medio un niño menor de cinco años muere de enfermedades curables, de hambre y de pobreza». «¿Cuántos habrán fallecido desde que comencé a decir estas palabras?» se peguntó sereno el poeta argentino para afirmar que «ahí está la poesía, de pie contra la muerte».
Tras recibir el premio, y con una copa de Rioja en la mano, aseguró que de tanta celebración, lo que más agradecía es el cónclave familiar. Le acompañaban Mara Lamadrid, su segunda esposa; su hija Nora; Macarena y Jorge Pedregosa, ella hija de su hijo Marcelo y de su nuera Claudia, raptados, y asesinados en 1976 por los esbirros de Videla, él hijo de Nora. También sus nietos más jóvenes, Andrea e Iván.











