La presidenta capitalina dejó entrever que el poder le tienta, que convertirse en la número uno de su partido tras el Congreso de Valencia podría estar entre sus planes de futuro y, sin que hubieran pasado 24 horas, el líder de la oposición invitó a Aguirre a cerrar la puerta del partido desde afuera, desde las filas del partido liberal. La respuesta no se hizo esperar, Esperanza metió de nuevo los pies en el tiesto y, pese a no desistir de su ambigüedad, se mostró como una mujer fiel y leal al partido, en un plató de televisión. Una sorprendente imagen propia de un niño al que le han tirado de las orejas y le han leído la cartilla y lejos de la mujer 'echá p'alante' a la que nos tiene acostumbrados.
Aguirre ha aprendido que los trapos sucios se lavan en casa y que las guerras intestinas son eso, intestinas. Quizá le han recordado que, pese a su dilatada y sin duda exitosa carrera política, y pese a la mayoría que obtuvo en el 2007, llegó en el 2003 a la presidencia de Madrid gracias a los tránsfugas socialistas Tamayo y Sáez, al fallido debate de investidura de Rafael Simancas y a la también aireada crisis de la Federación Socialista Madrileña.
Varios días de tensión interna se han saldado con la paz externa, pero con una duda razonable y agitada por varios medios de comunicación: ¿Después de la paz vendrá Esperanza? «Todavía faltan dos meses para la cita de Valencia», recordaba ayer Prada, indiscutible apoyo de Aguirre. cnevot@diariolarioja.com












