Horas antes de que esto ocurriera lejos de España, en Elche, un capitán de alto bordo de barba canosa se enfrentaba a una parte de la tripulación amotinada. Uno de sus oficiales, hasta ese momento y durante años de su máxima confianza, osó plantear la necesidad de que el bregado patrón se aviniese a aceptar que había llegado el momento de debatir con otros mandos de la nao los rumbos, velocidades y maniobras que a partir de ahora se deberían trazar para alcanzar e incluso superar a la compañía rival, vencedora en la última contienda. Mientras esto acontecía, los marineros formados en la cubierta observaban perplejos y en silencio la escena.
El capitán reaccionó con una dureza desconocida en él, dando un contundente golpe sobre la mesa, donde estaba apoyado su cuaderno de bitácora en el que tenía minuciosamente apuntados los accidentes de navegación de los últimos ocho años. Y enojado, alcanzado prácticamente por el enfurecimiento, invitó en tono de orden a los díscolos a abandonar el barco y a enrolarse en otros con aventuras más afines a las que ellos propugnaban. Tan dura respuesta sorprendió a todos y trascendió del navío de línea al numeroso conjunto de buques que compone la flota bajo pabellón naranja.
Dentro de dos meses, la escuadra tocará tierra. Atracará en











