Es posible que Rajoy prefiriera, en último término, batirse con un adversario que imponerse en el congreso al frente de una única candidatura, exponiéndose al riesgo de que su ratificación se vea deslegitimada por quienes no la comparten ni dentro ni fuera del PP. Igualmente, los titubeos de Aguirre han proyectado una desconfianza en su capacidad para granjearse el aval de sus propios compañeros con el mismo grado de anuencia que despierta en una parte de la opinión pública y de la publicada. Pero tanto uno como otra han dado la impresión de concebir el congreso como el momento decisivo que permitirá solventar las contradicciones internas agudizadas por el horizonte de cuatro largos años más en la oposición, cuando, en realidad, se trataría más del punto de partida para empezar a demostrar si el partido es capaz de reconstruirse como opción de gobierno y con qué estrategia. Consumar un objetivo de tal envergadura y tan a largo plazo exige un liderazgo sin cuestionamiento, máxime cuando estatutariamente está contemplado que el partido pueda celebrar de forma ordinaria otro congreso antes de que finalice la legislatura. Lo que obligaría a Rajoy, en caso de que finalmente carezca de oponente, a hacer valer en junio su presidencia con las suficientes garantías para que la solidez de sus apoyos no se vea resquebrajada si los resultados de las sucesivas citas electorales hasta 2012 no le acompañan.





