Amiga de mi hermana pequeña desde que llegamos de Burgos, su frecuente presencia llevaba adherido el componente de lo insólito, era un divertido y exclusivo espectáculo. Exclusivamente suyo y mamado de su madre, doña Amalia, y de su incontestable imposición de las buenas maneras y la mejor apariencia, el obligado detalle en el rostro o en el vestir que es la firma física de una persona. Suyo y mamado de la antigua y señorial ironía de don Luis, su padre, y su seria búsqueda de fábulas. Suyo, y compartido con sus hermanos en el piso de Doctores Castroviejo, donde se procedía meticulosamente a la reconversión de cada día en una fiesta.
El Libro de Familia de aquella familia era un asombroso cuento de intriga, que sin aparente orden, con el orden que impone la voluntad de jugar, desplegaba ante los ojos de quien se asomaba capítulos desveladores de todas las fórmulas posibles de la imaginación, la invención y la escenificación. ¿Para qué es la vida, sino para disfrutar de sus recovecos más risueños y atractivos?
'La Compairé' se fue haciendo Lola creyendo que el mundo era la habitación de al lado de su placentaria salita de estar. Lo era en la medida que ella impuso que lo fuera y el mundo se dejó hacer. Hace unos veinte años aceptó un proyecto formativo de la EOI sobre comunicación oral y escrita que a mí me habían encargado y que me llenaba de desgana. Intuía que era lo suyo, aunque yo sólo quería quitármelo de encima. Fue un favor mutuo. Lola descubrió que podía desarrollar a lo grande sus dotes didácticas y dramáticas, gozosamente tocadas por la alquimia de Quintiliano.
Hubo problemas que ella no vio, por tanto, no existieron, porque quedaban al otro lado del espejo, al lado que no refleja: luchas con directivos que, cercanos a la letra con sangre entra, no entendían, y en alguno casos no admitían, el parentesco entre docencia y artes escénicas. Tras muchos bolos por administraciones públicas y entidades financieras de media España, con capitalidad muy especial en Levante, sus alumnos la impusieron, ellos aliviaron el papeleo, hasta el punto de que Lola no necesitó avales de empresas para estar allí, ella era su empresa, ella era el aula, ella era las clases, y cada clase era el personal escenario de su propia representación.
Una obra de teatro paradójica, inaudita: contaba con una indiscutible primera actriz y ni un solo personaje secundario, todos los participantes eran protagonistas de una aventura conjunta, la del aprendizaje. Volvía a casa más exultante que exhausta, incluso cuando decidió compartir el escenario con la quimio, a puro huevo con dos claras, ese color que tan bien le sentaba en el cabello, la firma física del detalle al que ni renunció en la despedida ni creo que haya renunciado ahora que el mutis impuesto -cruel y prematuramente- en el mejor momento de su vida le garantiza esa eternidad posible que es la memoria.





