En Filadelfia se juega la batalla final de Pensilvania, el último gran estado que falta por votar en las primarias. Hillary es la favorita en un estado que parece cortado a medida para encajar su patrón de votantes: obreros, jubilados, mujeres y un tejido industrial en descomposición que añora la bonanza de la era Clinton. Además, Hillary es considera hija predilecta de Pensilvania, aunque naciera en Chicago.
Las raíces de su familia en este estado se remontan a siglo y medio atrás. Su padre volvió cada verano y cada Navidad, bautizó allí a todos sus hijos y éstos a los suyos. La senadora sigue acudiendo a la casa del lago Winola, a los bautizos de sus sobrinas en la pequeña parroquia de Scranton, y durante sus ocho años de primera dama regaló a los vecinos de esta ciudad 10.000 invitaciones VIP para los tour guiados de la Casa Blanca. Ella no se olvida de sus raíces, y los vecinos de Pensilvania no olvidan que varios miembros de su gabinete procedían de este estado.
Habla de la fábrica de ribetes de Scranton, en la que trabajaba su abuelo y media comarca. De sitios como la pizzería de Ravello y del entrenador de fútbol Joe Paterno. De cómo su padre le enseñó a disparar con latas de cervezas en la cabaña del lago.
Indecisos
Hasta allí llegó ayer Obama, decidido a robarle indecisos en el corazón de su feudo. Para atacarle se flanqueó de dos superhéroes, el senador Bob Casey, un hijo de Scranton que representa la aristocracia política del estado, y la última hija de Camelot, Caroline Kennedy.
La estrategia de Obama para apretar las clavijas a Hillary, que hace un mes tenía 16 puntos de ventaja y ahora solamente se queda con un baremo de entre tres y seis, dependiendo de la encuesta, consiste en repetir la victoria del gobernador Ed Randel, que paradógicamente apoya a Clinton. El gobernador sorprendió a todos venciendo al padrino de Obama con sólo 10 de los 67 condados de Pensilvania: los ocho que rodean Filadelfia, además de esta ciudad y la de Pittsburgh. O sea, los más poblados.





















