
El primero de ellos cortó dos orejas al toro de la fotografía -el sexto del Ventorrillo-, tras una faena de las suyas, basada en un valor seco y en una quietud prodigiosa. Y es que Miguel Ángel Perera confirmó que es un diestro lanzado y espera a San Isidro para dar el golpe de mano que le falta para encaramarse en todo lo alto. El segundo nombre positivo es el de José María Manzanares, que bordó el toreo bajo la lluvia ante un Juan Pedro tan diminuto como noble y que por su escasísimo trapío jamás debiera haber sido lidiado en Sevilla. Era el sexto de la tarde, diluviaba y el alicantino toreó al ralentí con un empaque tal que toda la plaza sucumbió olvidándose del temporal... y de la birria aquella.
En el lado opuesto, ése donde habita el fracaso, se sitúan dos de los nombres que el año pasado dejaron en Sevilla momentos inolvidables: Alejandro Talavante, que pasó como una sombra furtiva, y Sebastián Castella, que tras quedarse por dinero fuera de Valencia y Castellón, pretendía reivindicar sus altísimos honorarios con una Puerta del Príncipe. Y falló la estrategia en dos tardes marcadas por su gran entrega pero por una cierta torpeza a la hora de elegir los terrenos o la tozudez de empeñarse en torear en los medios cuando más arreciaba el viento huracanado del día de los juampedros. Sebastián ceñía un terno negro y demostró intacto su arrojado valor. ¿Lo reeditará en Madrid?





