El ejercicio de la política continúa reflejando a una mujer relegada respecto al hombre no sólo mediante una presencia menor en las áreas de responsabilidad pública. La vida institucional ha desarrollado sus propios mecanismos de segregación mediante la asignación de papeles subalternos o considerados más apropiados a la condición femenina, la organización del trabajo y de los horarios de forma imposible de conciliar con tareas y obligaciones personales o familiares, y a través del cuestionamiento de las medidas de discriminación positiva. La novedad suscitó reacciones desbocadas e incluso ofensivas hacia algunas de las nuevas ministras. Reacciones cuya existencia tampoco puede convertirse en factor que amordace la expresión de aquellas críticas o dudas que se manifiesten de forma razonada y se refieran a la idoneidad de la decisión, a los argumentos utilizados para explicarla o a sus efectos reales respecto al objetivo de la igualdad. Es evidente que estos efectos tendrán mucho que ver con la ejecutoria que ofrezcan las ministras durante su mandato al frente de carteras ciertamente comprometidas. Pero su evaluación en ningún caso puede estar sujeta a un juicio más severo que el que merecería un ministro. Ni su actuación debe estar condicionada por la necesidad de demostrar nada más de lo que debería demostrar cualquier ministro. En este sentido, el viaje realizado por la titular de defensa Carme Chacón para visitar a los militares españoles desplazados a Afganistán, dando testimonio de que una mujer en avanzado estado de gestación puede asumir todos los cometidos que esté en condiciones de desempeñar un hombre, representa un sobreesfuerzo innecesario.





