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Queridos compañeros carpinteros y ebanistas, / yo les traigo el saludo solidario de los metafísicos. / También para nosotros la situación se ha hecho insostenible, / los afiliados se niegan a seguir pagando cuotas. / A partir de este momento la lírica no existe, / con el permiso de ustedes la poesía / ha decidido dar por terminadas sus funciones este invierno. / No lo tomen a mal, / pero aún quisiéramos pedirles una cosa, / mis viejos camaradas amigos de los árboles / acuérdense de nosotros cuando canten La Internacional.
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La de ayer fue una muy especial jornada entre Jornadas (las X de Poesía en Español). Experimento acertadísimo recuperar
rapsodas
, aunque los escogidos se negaran a aceptar, no el rol, más bien la etiqueta. Pero sus voces, su inteligencia, su talento para la declamación, con la entonación, los ademanes y el gesto conveniente, los hacen peligrosamente recomendables para ejercer como tales hasta altas horas de la madrugada.
Eran 'los tales' el logroñés Francis Quintana y el leonés Juan Carlos Mestre, autor éste último del poema que abre estas líneas. «Si, como dijo Nicanor Parra, el poeta es un bailarín al borde del abismo, el rapsoda ha de ser una bailarina sentada en un sofá», bromeó Mestre. No bromeaba cuando recitó al propio Parra o a Gonzalo Rojas, ni bromeaba tampoco Quintana con Jaime Jaramillo, Ramón López, Renato Leduc, Carlos Mastronardi o Rafael Alcides «Al leer un poema lo reescribes adaptándolo a ti mismo, por eso es tan expuesto», confesó Francis. «Es muy difícil alcanzar el tono moral y la música espiritual que el propio poeta le da a su poesía -añadió su compañero-. En el caso de los grandes poetas, no hay nadie capaz de leer sus poemas mejor que ellos mismos».
Pero ellos se expusieron y anduvieron cerca. Quizás porque, antes que rapsodas, son poetas. Lo prueba este otro poema de Quintana: «
A menudo, la noche / es una de esas trampas conocidas; / con familiares gestos / desabrocha la blusa de las horas, / y va dejando el odio / por el largo hospital de las costumbres. / A menudo, la noche, / como una fantasmal emperadora, / saca de su escondite / los desgastados mapas del Olimpo, / y se afana en trazar nuevos / itinerarios terapéuticos, / por los que huir / definitivamente / de la melancolía. / A menudo, la noche / es una vieja amante, que regresa, / desnuda hasta los huesos, / bajo la fina lluvia de los días.
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