Recuerdo que en los años cincuenta había en mi ciudad natal dos numerosos conjuntos de mozos que se reconvirtieron en peñas. Años después pizcaba mi atención el que una de las agrupaciones se llamara Los Contrarios. Uno de sus miembros me informó tiempos después de que hasta el muy ilustrado alcalde los convocó para que mudaran el nombre, pero que si quieres arroz, primer edil. El bombo todavía resonaba con más estrépito al expandirse por las rúas renacentistas y barrocas su himno, breve y contundente: «Contrarios es nuestro nombre, Contrarios siempre será; para quitarnos el nombre, lo primero hay que faltar. La peña de Los Contrarios es una peña muy ideal, pues siempre pensamos en juerga, en juerga, en juerga y más juerga». De esta guisa proseguía pensando yo hace un mes en Borja al divisar en una puerta el distintivo de una de estas sociedades, que respondía al apelativo de El Garrote, delicado instrumento que hicieron célebre los Picapiedra y que aparecía ostentosamente pintado.
Así que yo me quedo con La Moza, que prolonga las denominaciones femeninas de tanta peña de nuestras localidades, como La Juanita, asimismo calahorrana, a la escuché en alegres jornadas animar sobremanera los encuentros mantenidos en los sesenta por el glorioso C. D. Calahorra. Por tanto, larga vida a La Moza, que con ella se goza.





