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Romario no entró en el campo desde el final del campeonato brasileño de 2007, que terminó envuelto en una amarga acusación y condena por dopaje. El delantero fue condenado por el consumo de finasterida, una sustancia para prevenir la caída del cabello, que confesó haber tomado durante más de una década y que estaba prohibida porque puede enmascarar el uso de anabolizantes.
Romario fue finalmente absuelto el pasado 14 de febrero, en el juicio de apelación, en el que dio rienda suelta a sus emociones y a las lágrimas por ver su nombre limpio. No obstante, el ídolo de clubes como el Barcelona o el PSV Eindhoveen no volvió a calzarse unas botas de fútbol en un partido profesional. Entonces se estaba encargando de entrenar a su club, el Vasco da Gama, en el que se supone que simultaneaba la tarea de jugador. Pero justo después de su absolución abandonó el club por divergencias con el presidente, Eurico Miranda. Desde entonces, como él reconoció, ha engordado cuatro kilos y ahora ya es difícil recuperar la forma.
Precisamente en el Vasco obtuvo su último logro como jugador: llegó a los mil goles en el cómputo global de su carrera, en mayo del año pasado. Esta cifra sólo había sido alcanzada por el Rey Pelé, quien paró en los 1.282 tantos. El Baixinho se detuvo en los 1.002. A lo largo de su extensa carrera, Romario ganó tres ligas holandesas con el PSV, una liga española con el Barcelona y varios títulos brasileños con el Flamengo y el Vasco da Gama.
Muchos lo recordarán por su olfato de gol sin igual, sus vertiginosos regates, como aquella 'cola de vaca' que realizó en las filas del Barcelona en 1994, en el clásico español ante el Real Madrid. El brasileño ejecutó un imposible giro de casi 180 grados que quebró la cintura del defensor del Real Madrid Rafa Alkorta, y después batió al cancerbero blanco con un tiro bajo cruzado, abriendo el marcador, que terminó 3-0 para los culés.
Otros recordarán sus miles de polémicas y su afición por las fiestas, que le valieron ser apartado de equipos como el Barcelona o el Valencia. Su osadía y su amor por este deporte le han llevado a ser uno de los más laureados de la historia del fútbol brasileño, sobre todo, por su brillante actuación en el ansiado tetracampeonato mundial de Brasil, en Estados Unidos, en el año más glorioso para el Baixinho, en 1994.






