Agradezco tu valentía para encarar la enfermedad con la que has luchado cada día. Todo lo has hecho fácil. Incluso en los últimos momentos, tu nobleza nos ha permitido afrontarlos como una de tantas despedidas, a la espera del próximo encuentro.
Agradezco tu compañía con la que siempre he contado a pesar de los vaivenes de nuestras vidas. Te doy las gracias por tu infinita generosidad para estar con la ayuda justa en el momento adecuado. Cualquier problema siempre tenía alguna solución con tu apoyo.
Me siento privilegiada por haberte conocido y por los paseos y charlas interminables que me han acompañado en tantas ocasiones. Agradezco tu risa que servía para desbaratar el dramatismo exagerado de lo cotidiano (ja, ja, ja) y que siempre acompañabas de sabios consejos. Te veré siempre como una compañera valiente, inteligente, guapa, con una vitalidad desbordante y, sobre todo, gran amiga. Y ahora, tus amigas tendremos que aprender a soportar el inmenso hueco que dejas en nuestras vidas.
Allí por donde has pasado has cambiado algo de nuestro entorno. Como los genios perduran, y tú lo eres, seguro que sabremos reconocerlo y reconocerte en muchos rincones de esta ciudad y a lo largo de nuestras vidas.
Querida amiga, hasta siempre.





