Y es que la figura de la esposa del presidente, primer ministro o jefe de Estado de un país está poco definida. Nadie las ha elegido a ellas, sino a sus maridos. Sus cargos no existen a efectos legales y son invisibles en las constituciones, aunque lo normal es que cumplan funciones de representación en audiencias, viajes oficiales...
Otro caso reciente de Primera Dama con protagonismo (sobre todo ahora que aspira a presidenta de EE UU) fue el de Hillary Clinton, archiconocida en el mundo por perdonar a su marido algunos devaneos sexuales con una becaria. La mujer de Bill, en su actual carrera hacia la Casa Blanca, se ha llevado un rapapolvo ya que se empeñó en demostrar en un discurso que había sido mucho más que una simple primera dama durante los ocho años de presidencia de Clinton. Dijo la todavía candidata demócarata que durante aquella etapa ella había desempeñado un papel clave en asuntos como la reforma de la sanidad pública o la gestión de diversas crisis internacionales. Pero... hete aquí que los 11.000 folios de su agenda personal en la Casa Blanca, difundidos recientemente por orden judicial, desmontan tal argumento.
En EE UU la tradición de Primeras Damas activas políticamente la inauguró Eleanor Roosevelt (1933-1945), que tenía un afán infatigable por dar conferencias, creó su propio programa de radio y combatió la segregación racial.
La más joven
Dos años fueron suficientes (1961-1963) para que Jackie Kennedy, que abandonó el puesto cuando asesinaron a su marido, pasara a la posteridad como una de las primeras damas más carismáticas y acosadas por la prensa.
A los 32 años se convirtió en la mujer más joven que ha desempeñado este puesto en la historia. A Jacqueline nunca le gustó el título de Primera Dama, ya que decía que parecía el nombre de un caballo. A pesar de ello, tanto ella como su marido planificaron numerosos actos sociales que les llevaron a ser protagonistas de la vida cultural.
Y aunque el primer país en utilizar el cargo de Primera Dama fue Estados Unidos (en 1877, con Lucy, la esposa del presidente Rutherford B. Hayes), la influencia política y cultural del imperio yanqui ha hecho que esta costumbre se extienda a casi todas las repúblicas del mundo, especialmente las de América Latina.
Las latinoamericanas se han tomado muy a pecho el papel y desde 1991 celebran anualmente la Conferencia de Primeras Damas, Esposas y Representantes de Jefes de Estado y de Gobierno de las Américas, para buscar soluciones a problemas sociales comunes en la región.
Mucho antes de esta iniciativa, Eva Perón, esposa de Juan Domingo Perón, presidente de Argentina de 1946 a 1955, ya se convirtió sin duda alguna en la Primera Dama latinoamericana por antonomasia. Ella pregonó estabilidad familiar y amor a través del interés por los que llamó «descamisados».
La bella Eva Perón
La bella Evita es la figura política más respetada y querida por los argentinos, aunque no tuvo un puesto en el gobierno ni asistió a ninguna Conferencia de Primeras Damas. Pero tampoco ejerció un rol pasivo, tanto es así que formó el Partido Feminista Peronista. Uno de sus logros fue el voto femenino, además de la construcción de hospitales, escuelas y orfanatos a través de la Fundación Eva Perón. A pesar de su compromiso, Evita no escatimó en gastos de belleza, con su cabello rubio cuidadosamente recogido, lucía espectaculares abrigos de piel y vestidos de fiesta de Dior.
La actual presidenta de Argentina, Cristina Fernández, también conoce de primera mano lo que es ser tan famosa como su propio marido, si no más. Ha pasado de ser la mujer de Néstor Kirchner a llevar las riendas del país. Como ella, algunas de las mujeres que se han despertado cada día al lado del hombre más importante de un país han terminado por hacerle sombra. No es el caso de Leticia Da Silva, la mujer del brasileño Lula. Su filosofía: «Mi único papel es cuidar de Lula y de nuestra familia».
Dando un salto en el tiempo, Imelda Marcos (Manila, 1929), esposa del dictador Ferdinand Marcos, también desempeñó un papel político cada vez más destacado en Filipinas, país que intentó gobernar cuando enviudó sin obtener el refrendo de su pueblo. Esta mujer, conocida por los miles de pares de zapatos que poseyó -según ella eran «regalos»- regresó a Filipinas tras el exilio y se presentó a las elecciones de 1992, en las que no resultó elegida. En 1995 volvió a presentarse y sólo obtuvo un escaño.
Y es que, aunque sus acciones sociales-cuando era la mujer del dictador- le valieron el título de Madre de la Nación, en cuanto el régimen de Marcos se volvió impopular entre las masas, los lujosos excesos de Imelda fueron blanco de las críticas más mordaces. Con razón, porque sólo en joyas incautadas se calcularon unos 10,75 millones de dólares (8,72 millones de euros).
Hay otros casos menos nefastos, como el de Rania Al-Abdullah, la esposa del rey de Jordania Abdalá II, que se convirtió, el 10 de junio de 1993, en la reina más joven del mundo. Aunque, bien está reconocerlo, su popularidad se basa sobre todo en su belleza y elegancia, que pasea allá por donde va, generalmente defendiendo los derechos de la mujer y los más desfavorecidos. En la línea de Rania, pero en un ambiente mucho más gélido, destacó en el panorama internacional Raisa, la mujer de Gorvachov, la cara amable de la Unión Soviética durante la 'Perestroika', que popularizó los gorros de piel rusos.
Pero, si existe una consorte atípica en la nómina de primeras damas, esa es Cherie Blair y su peculiar -inclasificable- estilo indumentario. Siempre dispuesta a mantener su propio criterio en asuntos políticos, esta experta en Derechos Humanos fue la primera en 150 años en disfrutar de la maternidad en Downing Street, al dar a luz a su hijo, Leo, en 2000. Ahí es nada. Otra de esas mujeres de armas tomar.





