Quieren que se pudran en la cárcel, como si ya no estuvieran lo suficientemente putrefactos cuando entraron en ella. Estos deseos vehementes de venganza, que siempre han estado incluidos en eso que llamamos Justicia, crecen cuando se hacen públicos algunos casos especialmente vomitivos de pederastia. Nadie se pone a buscar firmas cuando asesinan a un adulto, tan adulto que estaba al borde de la jubilación, que conducía un taxi. Se da por hecho que hay gente mala capaz de asesinar por cambiar de sitio un puñado de euros, pero no se admite que haya un tipo capaz de violar y matar a una criatura reciente. Tampoco en las cárceles, donde existe un código de conducta mucho más riguroso que fuera de ellas.
Afortunadamente, después de muchos años, le hemos dejado la pena de muerte en exclusiva a los criminales. Debe ser un monopolio suyo, sin competencia del Estado. Lo triste, entre tanta desolación, es que cuesta más caro mantener durante toda la vida a un pederasta en la cárcel que a una criatura inocente, durante unos años, en un orfelinato.





