
Los italianos mandan hoy a Roma a 630 diputados y 315 senadores, una tropa con sueldos de escándalo (12.000 euros un senador). Podrían expedir mil autómatas que emitieran regularmente leyes absurdas que no cumple nadie y saldría más barato. Roma, luminosa, grandiosa, es en realidad un agujero negro que todo lo paraliza, el corazón de un Estado monstruoso. Es un viaje al infierno. Empieza en el Parlamento.
Quien mete la cabeza en la política ya vive toda la vida: 2.238 ex-parlamentarios cobran pensiones vitalicias de 3.000 a 10.000 euros.
Al lado está Palazzo Chigi, sede de la presidencia del Gobierno, ante la columna que se confunde con la de Trajano. El Ejecutivo que sale, el de Romano Prodi, marcó el récord de tamaño: 26 ministros, 10 viceministros y 66 subsecretarios. Total, 103 personas de ocho partidos. Y en dos años no han hecho nada. En un pequeño paseo, por la Fontana de Trevi, se sube al Quirinale, presidencia de la República. Es el clásico jefe de Estado que no pinta nada, pero cuesta cuatro veces más que la Reina de Inglaterra, con 59 artesanos en nómina, entre ellos dos relojeros y seis restauradores de tapices.
El ministerio de Economía, ahí al lado, entre turistas que salen sonrientes de sus hoteles, es quien vela por el buen estado de las cuentas, que es sencillo: Italia no tiene un duro. La mitad del IRPF se va en pagar el famoso déficit nacional del 104%, único en el mundo, fruto de décadas de alegre despilfarro. Abrasados a impuestos, los italianos tienen la mayor presión fiscal de Europa. La única salida será ahorrar. Hay que decírselo a tres millones de funcionarios, con un núcleo duro de vagos y enchufados. El ayuntamiento de Roma, por ejemplo, tiene el récord de novillos: 38,9 días al año por empleado. Hace poco pillaron a una juez con baja de seis meses por dolor de espalda en una regata de vela.
Estirando las piernas se llega a Porta Pia, lugar de la muralla donde las tropas italianas abrieron la brecha que puso fin a los Estados Pontificios. Sin embargo, al lado, es indestructible el muro de burocracia del temible ministerio de Infraestructuras. En seis años sólo ha cumplido el 2,5% de las obras programadas. Para proyectar una carretera, una pequeña, pasan seis años. Y es el país europeo con la peor red vial. Las obras de los trenes de alta velocidad son las más caras y lentas del mundo.
Metro y aviones
Andando un poco con un helado se llega a una parada de metro, todo un hallazgo. Roma apenas tiene dos patéticas líneas de metro, en forma de cruz. Por fin en el 2001 se decidieron a hacer otra, de 35 kilómetros, pero las obras terminarán en el 2015. Se alza la vista y pasa un avión de Alitalia, empresa en quiebra donde se han quemado 2.500 millones en cinco años, porque ningún Gobierno tenía agallas para tomar medidas severas. En Alitalia, símbolo del poder de los sindicatos, la más pequeña de las 13 siglas de pilotos consiguió parar un día 320 vuelos... y sólo tiene cinco inscritos. En los sindicatos, otra casta italiana, la mitad de los afiliados son jubilados.
Mejor seguir caminando. Ahí está el hospital Umberto I, el más grande de Europa y también uno de los más guarros. Inaugurado en 1904, sigue igual. Protagonista de varios escándalos, el director ha admitido que «no cumple las normas ni una sola piedra». Detrás del hospital, la universidad de La Sapienza. Acaban de abrir el proceso a 27 profesores, empleados y alumnos por una venta de exámenes de Derecho.
Mejor refugiarse en la belleza del Foro Imperial, aunque el Palatino se cae por falta de fondos. Italia ha retrocedido al quinto puesto como destino turístico. Al lado está la sede de la FAO, la organización de las Naciones Unidas que lucha contra el hambre, y está totalmente 'italianizada': gasta al menos el 65% de su presupuesto en sueldos.
En Trastevere está la oficina que hace el código fiscal, el NIF. Un conocido empleó cuatro días en que se lo dieran: el primero descubrió que se agotaban los números de turno a las ocho de la mañana, cuando abrían; el segundo madrugó más, pero había huelga; el tercero se fue la luz. En estos casos, tras dos horas de fila, uno puede encontrar, en un despacho tercermundista, a punto de volverse loco, a un funcionario con las manos en la cabeza. Es el final de la travesía en este apocalipsis de ahora mismo que es Italia.
Pero fuera, con el sol y un buen plato de pasta, no importa. Roma es tan hermosa que, lo que son las cosas, todo se olvida y la vida está bien así, como es.











