Como si la sangre y los apellidos no fueran suficiente pegamento genealógico, él, como hicieron muchos otros antes y algunos menos ahora, incurrió en una tentación común: llamar al primogénito como el padre. Embriagado por la euforia que infunde un parto, no cayó entonces en la cuenta de que con aquella decisión el chaval ya no sólo tendría de por vida los rasgos de su progenitor, algunos de sus gestos, muchas de sus manías. En el ADN llevará una carga mucho más pesada como es un nombre ya usado.
En él se volcará el orgullo del cabeza de familia, pero también sus frustraciones. ¿Padre o hijo?, preguntarán automáticamente en casa cuando alguien llame por teléfono preguntando por alguien que no es uno, sino dos. Y los que odian ese nombre le odiarán a él. Y quienes le tienen afecto también se lo tendrán a él por extensión nominal.
El hijo nunca ya podrá esconderse. Su nombre le delatará allá donde vaya. Cuando pasen lista, todos sabrán quién es aunque esté en la última fila. Su padre abrirá sin querer algunas cartas que en realidad van dirigidas a su hijo, y éste heredará las viejas bromas que ya sufrió su padre y padecerá las nuevas que le corresponden por cargar con un nombre pasado de moda.
Pero lo más duro llegará al final. Cuanto el padre desaparezca y con él su nombre muera. Ese día, una parte del hijo también morirá para siempre. esaenz@diariolarioja.com











