
Hace cuatro años, después de estar en todas las quinielas previas, se quedó fuera del Gobierno. «Soy demasiado joven», decía entonces a modo de consuelo. Su entrada en el Ejecutivo, sin embargo, tenía fundamentos políticos -su trayectoria- y sentimentales: había sido el puntal de José Luis Rodríguez Zapatero en el PSC e integrante desde la primera hora de Nueva Vía, el heterogéneo grupo de diputados que hace ocho años aupó al hoy jefe del Ejecutivo al liderazgo socialista.
Reparte sus fidelidades entre el jefe del Ejecutivo y el presidente de la Generalitat de Cataluña, José Montilla. Una tarea nada fácil para una época de discursos, en muchas ocasiones, divergentes. Se las arregla, no obstante, para nadar y guardar la ropa, y no tener que decantarse por papá o por mamá, pero si llegara ese momento.... es más de Rodríguez Zapatero.
El devenir político de la nueva titular de Defensa, con ser brillante, no se distingue por las acciones de relumbrón. Es discreta y disciplinada, valores que traslada al día a día laboral. Protagonizó, como portavoz socialista de Educación, enconados debates con Pilar del Castillo, la última ministra del ramo del Gobierno de Aznar; sólo abandonó su papel institucional de vicepresidenta primera del Congreso en una ocasión y lo hizo para defender el proyecto que instauró el Premio Nacional del Cómic, nadie se opuso; en Vivienda se empeñó en lograr ayudas económicas para que los jóvenes tengan su casa e insistió en que un techo es un derecho.
Esta mujer amante de la poesía, embarazada, socialista y catalana estará al mando de casi 80.000 militares, 3.000 de ellos en misiones de paz. Su nombramiento acarrea otra peculiaridad: además de ser la primera mujer al frente de Defensa, será la primera ministra que dará a luz en el ejercicio de su cargo. Sale de cuentas en junio, pero nadie cree que disfrutará del permiso de maternidad.





