Es hermoso que al menos una parte de nuestros paisanos recupere la afición navegadora que otrora demostraron los antepasados, cuando en nuestro primer río no se interponían presas y otras invenciones. Todavía recuerdo yo, de vez en cuando, las ocasiones en que crucé dicha corriente en la barca de Alcanadre. Tengo a orgullo y a placer haber recorrido en el coche de San Fernando las márgenes del Ebro desde Briñas hasta Alfaro; cuentan entre los mejores paseos de mi vida. Incluso me recrearon con detalles épicos, como la vez en que, bajo los farallones de Alcanadre, un apostolado de mocetes (eran doce) apostado en la orilla de Mendavia, habiéndoles gritado que subía desde Alfaro sacando fotografías, me atronaron: «¿Pues saca ésta!», a la vez que se bajaban los pantalones y mostraban su pomposa docena de pompis, gesto que me apresuré a inmortalizar.
Un amigo jarrero con el que paseo por la Herradura me expresa que tienen pensado detener el barco en las zonas donde se alzan bodegas a fin de visitarlas. Todo sea por un turismo alternativo inteligente, del que ya existen varias muestras en este País de los Siete Valles. Animado ante un platito de jamón, le propongo que , para dotar de mayor emoción a la travesía y recordar inolvidables incursiones infantiles en viñas ajenas, forme parte de la aventura el que los pasajeros afanen algunos racimos y regresen precipitadamente a la nave perseguidos por un trabajador de la bodega convenientemente uniformado. Mi amigo me mira muy serio mientras afirma: «Ahora voy a ofrecerte una auténtica primicia: también vamos a permitir subirse al barco a los de Logroño».





