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RSS | ed. impresa | Regístrate | 11 octubre 2008

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MI BALCÓN
El barco de Haro
12.04.08 -

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Ya desde el inicio la pluma se me conmueve porque el título me recuerda a ese semejante de La barca de oro, aquella acuática pieza musical tan nostálgica con la que numerosos tríos nos han emocionado. Mas no nostalgia sino gozo me ha regalado la noticia de que en Haro (no he indagado si también en París y Londres) van a fletar un barco llamado del Vino, que navegará desde la singular capital de la Rioja Alta hasta las bellas tierras de la Sonsierra. No estaría nada mal que una megafonía de calidad esparciera más allá de las feraces riberas, hasta las cercanas montañas, melodiosas notas de música riojana, semejantes a aquella jota cantada por los entonces primerizos Hermanos Anoz, nacidos en la taumatúrgica y cerecera villa de Milagro: «Yo quisiera ser marino del barco de la Victoria y correr por alta mar con grande placer y gloria».

Es hermoso que al menos una parte de nuestros paisanos recupere la afición navegadora que otrora demostraron los antepasados, cuando en nuestro primer río no se interponían presas y otras invenciones. Todavía recuerdo yo, de vez en cuando, las ocasiones en que crucé dicha corriente en la barca de Alcanadre. Tengo a orgullo y a placer haber recorrido en el coche de San Fernando las márgenes del Ebro desde Briñas hasta Alfaro; cuentan entre los mejores paseos de mi vida. Incluso me recrearon con detalles épicos, como la vez en que, bajo los farallones de Alcanadre, un apostolado de mocetes (eran doce) apostado en la orilla de Mendavia, habiéndoles gritado que subía desde Alfaro sacando fotografías, me atronaron: «¿Pues saca ésta!», a la vez que se bajaban los pantalones y mostraban su pomposa docena de pompis, gesto que me apresuré a inmortalizar.

Un amigo jarrero con el que paseo por la Herradura me expresa que tienen pensado detener el barco en las zonas donde se alzan bodegas a fin de visitarlas. Todo sea por un turismo alternativo inteligente, del que ya existen varias muestras en este País de los Siete Valles. Animado ante un platito de jamón, le propongo que , para dotar de mayor emoción a la travesía y recordar inolvidables incursiones infantiles en viñas ajenas, forme parte de la aventura el que los pasajeros afanen algunos racimos y regresen precipitadamente a la nave perseguidos por un trabajador de la bodega convenientemente uniformado. Mi amigo me mira muy serio mientras afirma: «Ahora voy a ofrecerte una auténtica primicia: también vamos a permitir subirse al barco a los de Logroño».
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