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RSS | ed. impresa | Regístrate | 8 septiembre 2008

España

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El Alegrías
12.04.08 -

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El Alegrías
Zapatero, recién investido presidente del Gobierno. / M. H. L.-EFE
José Luis Rodríguez Zapatero sumó ayer a su biografía política su segunda investidura como presidente del Gobierno. Segunda confianza y, en esta ocasión, conseguida a la segunda, un ordinal que le tiene que sonar extraño después de que a la primera se hiciese con su acta de diputado, a la primera obtuviera la secretaría general del PSOE, y a la primera lograse la victoria en las urnas en unas elecciones generales.

La sensación con la que habrá acogido el respaldo del pleno del Congreso, aunque haya sido sólo con los votos socialistas, podría sin duda alimentar los argumentos de aquel familiar que, como ha revelado él mismo, por su forma de ser le apodaba El Alegrías cuando apenas contaba cinco años.

Hoy, camino de los 48 y a consecuencia quizás de su confesado «optimismo antropológico», luce muy a menudo una sonrisa que sus afines identifican como un símbolo de la bocanada de aire fresco que ha introducido en la política, mientras que sus adversarios interpretan en ocasiones como el exponente de la falta de seriedad de su gestión. El que fue el diputado más joven en la III legislatura, el que en uno de los momentos de liderazgo más difíciles en el PSOE abanderó la Nueva Vía con la que acabó imponiéndose a José Bono, el que hablaba de la necesidad de un cambio tranquilo, goza hoy de una autoridad sin discusión en el Partido Socialista avalada por sus dos victorias electorales.

Su «republicanismo cívico» está en la base de una gestión gubernamental en la que se vanagloria del cumplimiento de los compromisos adquiridos. Una gestión que tuvo como punto de partida la retirada de las tropas de Irak y que ha ido dejando decisiones de marcado carácter social y no exentas en muchas ocasiones de polémica, como la que permitió el matrimonio entre homosexuales.

Campo, pesca y ETA

Zapatero niega el derecho a quejarse de su situación a quien ocupa el Palacio de la Moncloa. Él no lo hace, pero echa de menos algunos paseos por el campo, algún día de pesca o compartir en más ocasiones con los amigos un café, aunque cueste más de ochenta céntimos. No ha logrado el objetivo de acabar con ETA mediante el diálogo, pero está convencido de que hizo lo que debía, de que había que intentarlo y de que la mayoría de los españoles, y en particular los vascos, han entendido su esfuerzo. También cree que no ha defraudado a los jóvenes que en la noche de su primera victoria en las urnas le pidieron que no les fallara, aunque es consciente de que aún queda mucho por hacer. Para eso, Zapatero, quien se considera un corredor de fondo en política y que sigue asegurando que el poder no le va a cambiar, tiene otros cuatro años por delante.

Cuatro años para seguir aplicando el credo que, en su primer debate de investidura, aseguró que ha marcado siempre su rumbo y que recoge parte del testamento de su abuelo, el capitán Lozano, escrito la noche antes de ser fusilado: «un ansia infinita de paz, el amor al bien y el mejoramiento social de los humildes».
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