«Es una enfermedad que afecta a toda la persona», remacha Gurutz Linazasoro, director del Centro de Investigación de Parkinson de la donostiarra Policlínica Guipúzcoa, al señalar que ese conjunto de síntomas «altera mucho la calidad de vida». Porque a los frecuentes temblores se añaden la rigidez muscular, la torpeza, la pérdida de equilibrio, la lentitud de movimientos y esos otros síntomas no motores que van acentuando la dependencia del paciente: dificultad para hablar, depresión (el 50% la sufre en algún momento), ansiedad, problemas de memoria (20-30%), alucinaciones (como efecto adverso de la continua terapia farmacológica) y, a la larga, demencia. La lista de problemas se completa con alteraciones de sueño, estreñimiento, disfunciones sexuales y urinarias, mala deglución, salivación muy abundante, sudor excesivo, etcétera.
Tratamientos paliativos
Lo más complicado, reconoce Linazasoro, es abordar esa amplia galería de síntomas, para la que, a falta de tratamientos curativos, hay opciones paliativas con fármacos (el más utilizado es la levodopa, que se transforma en dopamina cerebral para compensar su déficit en las personas enfermas) y con cirugía, que se reserva para cuando la medicación no da más de sí y sólo se emplea en un 5% de casos debido a su riesgo de hemorragia. También pueden ayudar la atención psicológica para enfrentarse mejor al problema, la atención social y las llamadas «terapias complementarias», como fisioterapia o logopedia.















