Además de la tienda de la tía Isidra, en Tricio -donde llegaron a convivir honradamente tres colmados-, en la que lo mismo te vendía una libra de chocolate que polvos para la conserva de tomate o unas alpargatas de suela de cáñamo del 45, recuerdo como ayer La Barata. Desde la estratégica esquina sureste de las calles Vara de Rey y Jorge Vigón (entonces Villamediana), La Barata dominaba una de las más boyantes zonas del Logroño moderno. No en vano, se agrupaban en poco menos de cien metros otros tres comercios del ramo: el de doña Felipa, en la misma acera, y los de Nicolás y Sacristán en la de enfrente. Paradojas de la vida, según crecía la ciudad, una tras otra fueron fagocitadas por los súper y sólo la de Nicolás sobrevivió, y sobrevive, a base de apelar a una calidad de producto difícil de encontrar en aquéllos.
Si me pagasen ahora los viajes -porque a la tienda se hacían viajes- que hice a La Barata reuniría ahora una pasta. Don Faustino, Carmelo y Andrea eran como de la familia. Siempre con su impoluto guardapolvo azul, tenían una especial habilidad para empaquetar los mandados con las hojas de papel de estraza que descansaban en el brillante mostrador de piedra.
Escribo en blanco y negro de La Barata, que aún sobrevivió hasta hace un lustro en la parte vieja, al ver la esquela que Eduardo le dedicó a otro de los clásicos de la ciudad que también chapa: comestibles Valmi en la San Juan. Ya quedan menos. jadelrio@diariolarioja.com











