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EL BISTURÍ
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10.04.08 -

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Antaño se decía que todo lo que da gusto al cuerpo es pecaminoso o insalubre. Ahora que el concepto religioso de pecado está desprestigiado lo malsano ha ocupado su puesto como temor colectivo de una sociedad secularizada y más preocupada por el estado físico de su cuerpo que por el psíquico de su espíritu. Así, vicios tan clásicos como la gula, la ira o la pereza, elevados por la moral cristiana a la categoría de pecados capitales, ya no son más que factores de riesgo de enfermedad cardiovascular (otros como la soberbia pero sobre todo la envidia han sido siempre en este país un deporte nacional más que otra cosa). Sin embargo, el principio de que lo que gusta posiblemente perjudica sigue vigente y para demostrarlo sólo hay que catar ese infame brebaje comercializado con el prosaico oxímoron de «cerveza sin alcohol». Si es usted tan cervecero como servidor, pruébela y se dará cuenta de que lo bueno de la cerveza, su cualidad organoléptica desencadenante del restallido provocado por la satisfacción en el velo del paladar tras el primer lingotazo son justamente esos graditos de alcohol de los que carece la detestable pócima.

A ver, la cerveza es por definición una bebida alcohólica y si le quitamos el alcohol se habrá convertido en otra cosa no merecedora de tal nombre (lo mismo le pasa al matrimonio, definido en todos los diccionarios de la lengua española como "unión legítima de un hombre y una mujer", por lo que a la homounión habrá que denominarla de otro modo si no se modifica dicho significado). Lo mismo puede decirse de los edulcorantes sintéticos, la comida sin sal, el café sin cafeína, la leche sin nata, la mayonesa ligera, la tortilla sin cebolla o la bebida carbónica con cero calorías. No sé si un café descafeinado cortado con leche desnatada y endulzado con sacarina será sano, pero desde luego sabe asqueroso y si seremos tontos que encima pagamos sin rechistar lo mismo e incluso más por este patético sucedáneo que por un café de verdad.

En una era dorada de los derechos de los consumidores como la actual, resulta increíble la estafa a gran escala de la que somos objeto todos los días en las estanterías del supermercado, donde tratan de darnos gato por liebre con una batería de fraudulentos antiproductos despojados precisamente de los ingredientes que los hacen apetecibles. Así que, volviendo al tema, si por la incomprensible razón que sea cuando le ataque la sed no quiere o no puede tomarse una cerveza será mejor que beba agua de la canilla bien fresquita. Es mucho más asequible, sana y barata por ahora que la no-cerveza, no hay envase que reciclar y, por una vez, es genuinamente "sin". Gas.
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