Y el chaval lo había encontrado. En un taller mecánico. Pero lo había rechazado con mucha dignidad. La chica, posible novia o simple amiga, escuchaba sus razones con espanto, horrorizada ante el terrible mundo que les estaba tocando vivir. Al muchacho le habían hecho una oferta de trabajo que rozaba la esclavitud: tenía que currar ocho horas diarias, ¿debía madrugar! y sólo por mil euros al mes. «Una mierda -decía-. Yo por esa porquería de sueldo no me levanto a las siete de la mañana».
Confieso que me contuve. Porque me dieron ganas de levantarme, agarrar al chaval por su niqui hiperfashion y pe-garle dos hostias por gilipollas. Me acordé de algún amigo mío que, casi en la cuarentena y con dos carreras a cuestas, debe levantarse a las siete para ganar esos mil euros que le permiten vivir y que aquel imbécil despreciaba tan alegremente. Y también de algún otro que, cuando empezaba, metió todas las horas del mundo, trabajando sin contrato mientras aprendía su oficio y sólo por cien mil cochinas pesetas.
Por eso cuando se habla de los mileuristas y se mete a todos en el mismo saco, yo me rebelo. Porque no es igual ese pijo veinteañero que hace ascos a su primer sueldo que el currante que se desloma todos los días y al que la nómina no le sube de las tres cifras. Para el primero, mil euros es un sueldazo; para el segundo, una miseria.





