Hoy ha llegado con una pregunta inesperada: -¿Conoces a alguien que pueda arreglarme el vídeo? Le recuerdo que justo debajo de casa hay un taller de reparación de electrodomésticos, pero me interrumpe impaciente: -No; ésos no me valen; tiene que ser un aficionado porque ¿sabes? me he hecho socia del Banco del Tiempo. Lo dice con el orgullo de un sevillano declarando su pertenencia a la cofradía de la Macarena o de un forofo del Real Madrid exhibiendo el carné de su club; y se embala explicándome que es una especie de intercambio de acciones o habilidades sin que medie dinero. Cuando Merche emprende algo nuevo, se convierte en un predicador entusiasta que busca captar adeptos para su causa.
Mientras la escucho, pienso que lo que me cuenta es tan antiguo como el hombre. Ese molar que acaban de encontrar en Atapuerca perteneció a uno de nuestros más vetustos antepasados que, hace nada menos que un millón y medio de años, acudió al jefe de la tribu vecina para decirle con gruñidos guturales: «Si me sacas de la boca este hueso que me mata de dolor, yo te ayudo a despellejar el mamut que cazasteis ayer». En ese momento quedó inventado el trueque y la profesión de sacamuelas (más tarde, dentista y hoy, odontólogo). El sistema hizo furor durante siglos hasta que los fenicios lo convirtieron en el intercambio de cosas materiales que se llamó comercio. Con sus naves recorrían el Mediterráneo en un toma y daca constante y productivo. «¿Cambio pasas de Malaca (Málaga) por alfombras chipriotas!», «¿cambio paños de Damasco por cristal de Ebursus (Ibiza)!». Costumbre que sigue vigente en nuestros pueblos. Mi marido, recolector de los primeros tomates en Tricio, los reparte y, a cambio, le dan las primeras lechugas, los primeros pimientos o un saquete de caparrones. Pero con el comercio, el trueque perdió en solidaridad y en ayuda mutua.
Merche ha terminado su disertación. -Bueno, te apunto ¿no? ¿Qué es lo que más odias hacer? -Planchar. -Bueno, pues te busco a alguien que te planche la ropa y tú le enseñas ortografía al hijo. Mira, yo he pintado ya una habitación y a cambio me dan clases de flauta travesera. ¿No sabes la de amigos que vamos a hacer!





