El PSOE ha optado por evitar la negociación de la investidura con las formaciones nacionalistas sencillamente porque ni CiU podría arrimarse tan pronto al Gobierno sin suscitar una situación paradójica en Cataluña también para el PSC, ni el PNV parece en condiciones de reorientar su política optando por un acuerdo de largo alcance con los socialistas y renunciando explícitamente al soberanismo.
La actitud del nacionalismo vasco negándose a secundar la moción de censura contra la alcaldesa de ANV en Mondragón, corregida de manera tardía y ambigua, ha acabado disuadiendo al PSOE. Pero tal situación no es necesariamente pasajera. En el fondo refleja la dificultad que supone para el socialismo español el encuentro con formaciones que aspiren a desbordar los cauces constitucionales y que, además, pretendan a corto plazo la complicidad del partido en el gobierno para que les facilite la tarea. Unos límites que difícilmente se verán superados por el mero transcurso del tiempo. También por esto último haría mal Rodríguez Zapatero si, obviando tal evidencia o confiando en sortear las dificultades parlamentarias según vayan llegando, minusvalorara la oportunidad que tiene de ser él quien procure la coincidencia con el primer partido de la oposición en cuantas cuestiones la aconsejen.





