Sólo Santos Ochoa y una caja (de ahorros) tuvieron un recuerdo en sus oraciones y una velita en el pastel para celebrar la más importante de las literaturas, la del principio, la que envenena, la que engancha como la droga dura.
Servidor se bebió medio -unidad de bebida de la niñez- Kas, a la difunta salud de Enid Blyton en fecha tan señalada. Vaso en mano viajé en el tiempo hasta encontrarme otra vez con Georgina, Anne, Julian, Dick y Timmy; la pandilla con la que pasé horas, tardes enteras, medias noches en vela buscando tesoros en islas imposibles, tomando cerveza de jengibre o deshaciendo entuertos en la granja Finniston o en Billycock Hil para dolor de coco de la tía Fanny y del tío Quentin.
Porque 'Los cinco', la obra de Enid Blyton (de quien me enteré que era una mujer bien pasado los años), no sólo me acompañó en mis años de mocedad como el mejor colega de largas tardes sin cole y sin televisión (gracias a Dios) si no que me enseñó a leer, lo que se dice leer, algo más allá que los textos de clase y las fichas de sociales y religión.
Detrás de 'Los cinco' y de Enid Blyton han ido cayendo otros muchos libros, miles de páginas, unas mejores y otras quizás también que aquellas primeras letras con las que servidor, como más de una generación de todo el mundo mundial, se asomó en plena niñez al mundo de los libros. Porque mucho antes de que Harry Potter descubriese a los niños de hoy que hay vida antes y después de la











