Aumentar el número de miembros de una organización creada para «salvaguardar la libertad, la herencia común y la civilización de sus pueblos, basados en los principios de la democracia, las libertades individuales y el imperio de la ley», como recoge el primer párrafo del «Tratado del Atlántico Norte», no debería representar ningún problema, sino más bien constituir un motivo de celebración ante el progresivo avance de unos valores indiscutibles. Pero lo que se dilucida estos días es de qué modo puede corregirse en el seno de la OTAN el hecho de que la superior carga militar que recae sobre EE.UU termina concediendo a éste una pretendida legitimación para imponer su criterio en asuntos que terminan afectando a todos los miembros de la Alianza. El posible ingreso de Ucrania y Georgia y el reconocimiento de la recién independizada provincia serbia de Kosovo -alentados por la Casa Blanca- afectan directamente a las relaciones entre la Unión Europea y Rusia. La solicitud de más tropas para combatir a los talibanes en Afganistán continúa suscitando la renuencia de buena parte de los países europeos. Pero los problemas que generan las decisiones que Washington adopta poco menos que unilateralmente no encontrarán solución mientras todos y cada uno de los países europeos y sus instituciones comunes continúen sin asumir las responsabilidades de seguridad que les son propias. Responsabilidades que deberían conducir, en este caso, a una organización más equilibrada de las estructuras de la OTAN y al establecimiento de mecanismos de decisión que comprometieran a los europeos tanto como a los norteamericanos.





