Así, el maestro de la pieza trivial y principal introductor en el arte más pujante del siglo XX de las situaciones de miseria en las que se desarrolló la posguerra miserable, retrataba en un claroscuro. al mentor que inculcó en él la capacidad de desarrollar sus aptitudes derivadas de una temprana e ingente ilusión por leer lo que en sus manos caía.
Hacía mención también a los sesicortos que, al igual que las extremidades del mandamás, truncaron la carrera y la ilusión de aquel enseñante, por su único delito: hacer extensivos y agradables a sus alumnos los conocimientos que les harían personas dignas y libres.
Como sobrino de aquel prócer de la enseñanza, defenestrado por el «Viva la muerte» de los descerebrados, reivindico su memoria y la memoria agradecida de su alumno más leído y visto en las salas cinematográficas y salones familiares. Aunque nada más fuera por él, mereció la pena su ilusión transmisora de conocimientos.
Descanse en paz el agradecido Rafael Azcona.





