Todo ha surgido porque el Consejo de Estado, tribunal de apelación administrativo, dio el martes la razón a un microscópico partido que había sido excluido de los comicios. Es la DC de Giuseppe Pizza, sin representación parlamentaria, que se proclama la heredera auténtica de la mítica Democracia Cristiana, desaparecida en los escándalos de corrupción de Manos Limpias en 1992.
A Pizza le habían dejado fuera porque su símbolo, el histórico escudo cruzado, es igual que el de la UDC de Pierferdinando Casini, el partido democristiano más relevante, e inducía a la confusión. Sin embargo, al ser admitido, resulta que Pizza tiene derecho a su mes de campaña electoral, como los demás. Es decir, deberían posponerse las elecciones.
Situación delirante
Es delirante, pues aunque Pizza hubiera sido admitido nadie se habría percatado de su existencia, como les pasa a la mayoría de los 147 partidos presentados. Además, si la campaña se alarga otro mes, para horror de los ciudadanos, el resto seguiría teniendo más tiempo que ellos. Salvo que se les reserve una campaña para ellos solitos. En fin, parecía una idea peregrina hasta que le preguntaron ayer al ministro de Interior, Giuliano Amato. «No se puede excluir un aplazamiento de las elecciones», respondió muy serio.
Ayer en Italia no se hablaba de otra cosa, ante la posibilidad de un nuevo ridículo internacional. Naturalmente, ninguna autoridad se sintió en el deber de aclarar semejante embolado. Por la tarde el Gobierno y el ministerio de Interior presentaron sendos recursos ante el Tribunal Supremo.
El entramado judicial, para variar, es tan absurdo y espeso que no se sabe cómo va a terminar. Siendo Italia, no debería llegar la sangre al río, pero también, siendo Italia, lo más irracional no es descartable.
Tanto Silvio Berlusconi como Walter Veltroni, los dos principales líderes, rechazaron ayer de plano un retraso electoral.












