
El principio de una sucesión de tres encuentros en un intervalo de seis días entre ambos rivales anticipaba, cuanto menos, intensidad. El hada madrina que ampara al Liverpool en este torneo arropó a los 'Reds' para contener la organización y la disciplina de la compacta formación de Wenger, cuya obsesión continúa siendo el torneo europeo.
El templado Arsene Wenger había rogado a sus pupilos que hoy, más que nunca, desplegaran un esquema que combinara la organización, la cautela, la solidez en la zaga y que estuvieran siempre listos para atacar. Emplearon un fútbol notable, pero su determinación y empuje no evitó un gol de su rival, un arma letal que les hará sudar en la próxima eliminatoria.
Fue, quizá, un resultado injusto a una contienda en la que el Arsenal fue el once dominador.
El estadio londinense presenció un comienzo contenido, igualado, con la acción concentrada en el centro del campo y en el que apenas hubo riesgos. Había demasiado en juego. El gol del Arsenal desató la acción. Fue cuestión de cinco minutos que el Liverpool reaccionara. Fue el holandés Dirk Kuyt, ayudado por un centro de Stevie Gerrard, el que remató una jugada para nivelar y, de paso, lograr un valioso tanto en estadio ajeno.
El paso por vestuarios no alteró nada. Se notó un cierto nerviosismo en los primeros compases de este segundo tiempo. Se palpaba la presión y el objetivo, ahora, era marcar: En el minuto 65 se produjo un penalti clarísimo que ignoró el colegiado con una falta de Dirk Kuyt sobre Alexander Hleb. Poco después, Bendtner cometió una negligencia imperdonable para el conjunto londinense, al despejar sin intención un balón de Cesc Fábregas que iba enfilado a la meta. El voltaje aumentó sobremanera, pero el equipo que fue superior regresará con desventaja.





