
Norma Jean Baker, la niña que sufría de constante abandono, se inventó una máscara, la de Marilyn Monroe, para lograr ser amada, un disfraz que se volvió en su contra al convertirla en un ilusorio objeto de deseo de fragilidad extrema y virtudes ignoradas que no pudo huir de un trágico final.
A medio camino entre la novela y el ensayo,
A partir de anotaciones
Schneider ha imaginado lo que se dijo en aquellas sesiones a partir de la anotaciones que Greenson obligaba a tomar a Marilyn, como hacía con todos sus pacientes, de las declaraciones más íntimas que la estrella dio a la prensa o de los artículos que el psicoanalista publicó tras la extraña muerte de la actriz.
De esta forma, el escritor ha accedido a la persona que se escondía tras la rubia sexual y encantadora que gustaba de encandilar a los hombres, al público y a los cineastas: «La irreparable sensación de abandono que le procuró la ausencia de su madre desde los primeros momentos de su vida obligaron a Marilyn a querer existir a través de la mirada de los otros, su máxima ilusión era la de existir para alguien», argumenta el francés.
Y es que la razón por la que la figura de Marilyn sigue fascinando a jóvenes y mujeres, más allá de ser objeto de deseo masculino, es para el escritor el hecho de que «en ella confluye una encrucijada de varios mitos: La mujer de tremenda belleza pero mal querida, la de la celebridad con muerte trágica o la de la persona que logra el éxito a pesar de lastrar una infancia tortuosa».












