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RSS | ed. impresa | Regístrate | 29 agosto 2008

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LA PLAZUELA PERDIDA
Cuatro hombres buenos
02.04.08 -

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(A Rafael Azcona I. M.)

Siempre se ha dicho que «la necesidad es la madre del aprendizaje", y yo completo « del aprendizaje y del atrevimiento", por eso los necesitados de algo o de alguien son tan atrevidos. Los necesitados en el más estricto sentido de la palabra, o sea los pobres, se atreven a poner en peligro su existencia, con tal de mejorar sus condiciones de vida, pero también son atrevidos los necesitados en un sentido más amplio: los que necesitan cariño, atención, consideración profesional o intelectual o simplemente lectores, como ocurre con los escritores que empiezan.

Este atrevimiento de los jóvenes escritores -ya se sabe que uno es joven escritor hasta casi la edad de jubilación- suele conducir a comportamientos sin mucho sentido, como enzarzarse en luchas generacionales o grupales, apuntarse a disparatadas vanguardias o pretender que lean sus libros los escritores consagrados. Confieso que yo también participé, en su momento, de este último atrevimiento y envié mi primera novela a muchos escritores admirados o famosos; esto, además de permitirme comprobar la dificultad de que mi obra fuera leída, me permitió establecer una clasificación de la intelectualidad, según su amabilidad, tacto o consideración, para con el escritor desconocido.

Resulta obvio decir que, de la mayoría, no supe si habían recibido mi libro, pues ni siquiera enviaron un acuse de recibo; estos fueron directamente a engrosar la lista negra de mi indiferencia -un buen escritor riojano, amigo mío, tiene la costumbre de ajustar cuentas, con los integrantes de su lista negra, en posteriores novelas, pero no es mi caso-. Casi todos los demás acusaron el recibo con una fórmula de compromiso, que consideré suficiente para clasificarlos como escritores atentos y considerados; sólo unos pocos fueron más allá y comentaron mi novela, con mayor o menor profundidad, en un gesto desacostumbrado y que les honró. Entre ellos, cuatro alcanzaron el santoral de mis escritores admirados, por sus cariñosas cartas manuscritas o por su consideración para con mi obra primeriza, sin duda excesiva para mis merecimientos -curiosamente, los cuatro eran ya escritores admirados y consagrados por la calidad de sus obras-. Estos cuatro maestros eran: don Rafael Azcona, que nos acaba de dejar para nuestro pesar, don Arturo Pérez-Reverte, don Gustavo Bueno y don Miguel Delibes. Al margen de sus trayectorias, de todos conocidas y admiradas, para mí siempre han sido, desde entonces, cuatro hombres buenos.
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