
El popular Federico Trillo tenía la marca de ser el presidente del Congreso con menor respaldo, 179 votos logrados en 1996, pero Bono, a su pesar, batió su registro con 170 papeletas. Y ni siquiera todas fueron de los 169 diputados del PSOE ya que los dos parlamentarios de Coalición Canaria y el único de IU, Gaspar Llamazares, votaron al ex ministro de Defensa y ex presidente de Castilla-La Mancha.
El socialista también tuvo el dudoso privilegio de ser el primer presidente del Congreso elegido en segunda votación por mayoría simple. Ni en los tiempos más precarios de la extinta Unión de Centro Democrático en la transición se dio esa circunstancia.
En la primera vuelta, el candidato socialista reunió 168 apoyos, y si se tiene en cuenta que tres de esos votos eran de Coalición Canaria e IU, significa que cuatro diputados del PSOE negaron su respaldo a Bono. En la segunda vuelta, ya sumó 170, y de nuevo dos compañeros de partido no le votaron. Bono, como se esperaba, no contó con la anuencia de los nacionalistas ni de la diputada de Unión, Progreso y Democracia. Esos 170 votos, sin embargo, fueron suficientes para derrotar a la candidata del PP, Ana Pastor, quien sumó 152 y que también soportó dos deserciones de sus compañeros de grupo.
El pobre resultado de Bono no preocupó a los socialistas pues ya tenían descontado el dato. El PSOE no quiso atarse los manos con acuerdos estables con los nacionalistas a cambio del apoyo a su candidato a presidir la cámara baja. José Luis Rodríguez Zapatero, en un breve comentario a la entrada del hemiciclo, apuntó que con ese escenario parlamentario confiaba en que esta legislatura sea «mejor que la anterior».
El resto de la Mesa del Congreso quedó conformado de acuerdo a lo previsto: la socialista Teresa Cunillera, vicepresidenta primera; los populares, Ana Pastor y Jorge Fernández Díaz, vicepresidentes segundo y tercero; y Jordi Jané, de CiU, vicepresidente cuarto. Tampoco hubo sorpresas en las secretarías: Javier Barrero, del PSOE, se hizo con la primera, el nacionalista vasco José Ramón Beloki, con la segunda; Ignacio Gil Lázaro y Celia Villalobos, del PP, con la tercera y cuarta.
Conciliador
El ex titular de Defensa ignoró su escasez de apoyos en la primera alocución tras tomar posesión. Fue una intervención conciliadora, pero a la vez mordaz. En un aviso a los nacionalistas se olvidó de su anterior amenaza de «atizar con el listín telefónico» a quienes defienden «privilegios», y, por el contrario, dijo sentirse «motivado para ganar la confianza de quienes no pusieron mi nombre» en la papeleta. No por ello olvidó su mensaje homogeneizador y subrayó que «la diversidad y la diferencia entre nosotros, como entre los españoles, es un hecho, pero la igualdad es el derecho principal».
Bono también aludió a su secular adversario dentro del PSOE, Alfonso Guerra, con quien pasó de mantener una estrecha amistad política y personal en los últimos años ochenta a una enemistad bíblica en los primeros noventa. Como botón de muestra de que la situación pervive, Guerra declaró la víspera que, a su juicio, había mejores candidatos que Bono, pero el flamante presidente del Congreso respondió al desprecio con un homenaje. Subrayó que el ex vicepresidente del Gobierno es el único diputado elegido sin interrupción desde 1977 y alabó la trayectoria de quien «tanto contribuyó al feliz alumbramiento de la libertad». Guerra, desde su escaño, sonreía.
Ovación
Trató de buscar la connivencia del PP con una alusión al fallecido Gabriel Cisneros, «uno de los padres de la Constitución y un ejemplo como parlamentario y como persona». Unas palabras premiadas con una ovación unánime. Pero Bono, sobre todo, intentó mostrar su faceta más humilde y conciliadora. Dijo que pretendía «ser el presidente de todos» y tratar a todos «por igual, en especial a las minorías». Solicitó «indulgencia» para sus futuros errores y «ayuda, al menos en los primeros tiempos».
Pero, sobre todo, pidió un cambio en las formas para que no se repitan los espectáculos de la pasada legislatura ya que «el tumulto nunca conduce al progreso». En esta línea, reclamó que «las palabras» sean el «instrumento para dirimir las diferencias» y no las trifulcas y las descalificaciones.
Bono se desplazó por la tarde al palacio de La Zarzuela para comunicar al Rey la constitución de la cámara, requisito indispensable para que Don Juan Carlos empiece la ronda de consultas con los líderes de los partidos a fin de saber quién está en condiciones de someterse a una sesión de investidura y formar Gobierno.















