Pregunté y alguien, jubilosamente, me aclaró (sic): «¿Han vuelto el Cristo a su sitio !» (trono y mirador, diría yo). Y es que debían ser bastantes los ciudadanos que temían que, con tantos cambios sociológicos e ideológicos en los regentes de la ciudad, con tanto cambio de placas y símbolos condenados por la «memoria histórica» de marras, habían decidido eliminar tan sacro y popularísimo simbolismo de un sentir enraizado, no sólo en la cristiana población, sino en el pueblo llano y logroñés hasta las cachas. Afortunadamente, era verdad lo que los regentes habían contestado en su momento: «Se ha retirado para restaurarlo». Y así han cumplido, precisamente en unas fechas la mar de oportunas: era Miércoles Santo, y no se podía sustraer a nuestro Cristo de presenciar y presidir las comitivas procesionales que en esta santa semana por allí discurren. Todo en orden, pues, y todos tan contentos.
El oportuno y buen fotógrafo de este periódico, Juan Marín, dejaba testimonio gráfico de la escena que, en algunos momentos, mereció el aplauso de la concurrencia. Y su periódico, naturalmente, dejó destacada constancia del momento, que, repito, no por sencillo, carecía de un gran contenido logroñesista. Porque este modesto Cristo (no sé su valor artístico, pero sí su gran valor sentimental, hasta el punto de que puede ser equiparable con otros afamados de nuestra ciudad, como el de Palacio, La Redonda o San Bartolomé) ha presenciado el discurrir de no sé cuántas generaciones de la vida logroñesa y el espectacular desarrollo de nuestra ciudad, desde su celeste tribuna, en uno de los enclaves históricos significados. Por ello se me antoja este Cristo como un «abrazo» de amor, unidad y convivencia ciudadana y sociopolítica entre el Logroño de ayer y el de hoy.
Así que este humilde, pero «grandioso» Crucificado de la amadísima y archipopular calle del Cristo no podía haberse ido, tenía que volver. Y «vuelto» está. ¿Bienvenido a casa, buen amigo y hermano!





