Desde primera hora de la mañana, el presunto éxito de Sanáa se hundía al hilo de las contradictorias declaraciones de asesores del presidente y jefe de Al Fatah, Abu Mazen, en las que se distanciaban del plan rubricado. Y empañaban la posibilidad de una vuelta al diálogo interno, programado para el 5 de abril. La proclama más grave correspondió al líder del equipo negociador palestino con Israel, Ahmed Qureia, que advirtió que la firma estampada en el documento por el enviado del partido -Azam Al Ahmed, viceprimer ministro- se debió a «un malentendido». Según su relato, «Mazen se encontraba muy ocupado con el vicepresidente estadounidense, Dick Cheney, y Azam intentó contactar con él para recibir orientación sin conseguirlo las conversaciones estaban en su recta final, el tiempo apremiaba, y por eso se precipitó y firmó».
Estos reproches se sumaban a los de Nimr Hammad, consejero político de Mazen, que el domingo por la noche protagonizó una encendida discusión televisiba con el enviado Azam Al Ahmed, al que acusó de haber refrendado la iniciativa yemení casi a espaldas del presidente palestino.
Zanjar el caos
El ministro de Información, Rial Malki, trató de zanjar el caos con una rueda de prensa vespertina, en la que aseguró que la Autoridad Nacional sí está de acuerdo con lo firmado en Sanáa, que están a la espera de instrucciones de Mazen, y que ahora «todo depende de Hamás».
Con esta referencia, Malki ponía sobre la mesa la cuestión clave que ha envenenado este último intento de conciliación, y que no es otro que la exigencia de Al Fatah de que Hamas ceda el control de la franja de Gaza.





