El escenario anhelado por el PSOE pasaba, por la mayoría absoluta o por una victoria lo suficientemente amplia como para poder prescindir de las hipotecas nacionalistas. Pero no podrá ser. Zapatero, que volvió a cimentar su triunfo en los excelentes resultados en Cataluña y Andalucía -que celebraba comicios autonómicos y ratificó a Manuel Chaves como vencedor tras dos décadas en el poder-, logró concentrar el voto útil de la izquierda pero no lo suficiente frente a un PP también en alza. La debacle de IU -que obtiene el peor resultado de su historia, pasa de cinco a dos escaños y no podrá siquiera formar grupo parlamentario propio- reduce notablemente la influencia del grupo de Gaspar Llamazares, que se había ofrecido al PSOE para formar un Ejecutivo de coalición exclusivamente de izquierdas y ha acabado por renunciar a la reelección como coordinador general de IU ante el «fracaso» sin paliativos de su formación.
Zapatero deberá por lo tanto recabar el apoyo de los nacionalistas catalanes de CiU, que mantienen sus diez representantes y que deberán resolver sus propias contradicciones internas sobre la conveniencia de entrar a formar parte del Gobierno o bien sostenerlo desde fuera, o del PNV, que cede un escaño respecto a la legislatura anterior y se perfila a priori como un socio problemático, con el plan soberanista de Ibarretxe en su agenda política inmediata. En cualquier caso, el panorama que dibujaron ayer las urnas reproduce el escenario que en principio deseaban los jeltzales, que, pese a su histórica derrota en Euskadi frente al PSE, no perdieron la oportunidad de subrayar que están en condiciones de presionar a un Zapatero en minoría en favor de un nuevo acuerdo sobre el estatus político de Euskadi.
El líder socialista podrá también jugar con los posibles respaldos del BNG y Nafarroa Bai -que conservan a sus actuales representantes-, Coalición Canaria, que retrocede y pierde a uno de sus diputados, y su ex compañera de filas Rosa Díez, que por primera vez tendrá voz en el Congreso de la mano de su nuevo partido, UPD. Esquerra Republicana no parece una opción factible para Zapatero, no sólo por el desplome del independentismo catalán -que baja de ocho a tres diputados- sino porque el propio líder socialista ha admitido que no contempla colaborar con los republicanos tras su negativa experiencia en la anterior legislatura.
Papel decisivo
El fortísimo retroceso de ERC, que hace cuatro años planteó las generales como un plebiscito sobre el liderazgo de Carod Rovira tras su salida del tripartito catalán y arrasó, refleja la generalizada tendencia a la baja de los nacionalismos. Los resultados electorales de ayer refuerzan el peso electoral de los llamados grandes partidos nacionales, pero al mismo tiempo otorgan un papel decisivo en la gobernabilidad a un nacionalismo en franco retroceso.
Paradójicamente, la tendencia a la polarización que las fuerzas minoritarias han denunciado una y otra vez durante la campaña -máxime tras su exclusión de los debates entre Zapatero y Rajoy- se ha consolidado más que nunca, pero, al mismo tiempo, les coloca en una ventajosa posición para tratar de hacer valer sus escaños en Madrid. Y hace cobrar fuerza a la tesis -que ha sobrevolado de fondo la campaña-, de que socialistas y populares traten de recuperar los grandes acuerdos de Estado en asuntos fundamentales como la política exterior, el modelo territorial o la lucha antiterrorista para tratar de neutralizar la influencia nacionalista.
La trayectoria al alza de los dos grandes partidos se reflejó también en el resultado del PP, que, aunque perdió las elecciones, mejoró notablemente sus registros de hace cuatro años y se permitió por ello digerir la derrota con menos amargura que entonces. Mariano Rajoy y los suyos lograron finalmente cinco diputados más que en 2004 -uno más que los que ganó el PSOE- y mejorar en casi tres puntos su porcentaje de voto pese a obtener un número similar de papeletas al cosechado hace cuatro años, por encima de los 9.700.000 sufragios. Además, lograron recortar distancias con los socialistas, de dieciséis a quince diputados de diferencia, y paliar, al menos de momento, la influencia de la derrota electoral en el liderazgo de Rajoy, que fracasó ayer por segunda vez en su intento de mudarse a La Moncloa.
Pero la clave estaba en la participación y ése fue el dato que acabó por consolidar la victoria del PSOE, que consiguió además hacer calar el llamamiento al voto útil de la izquierda. Un 75,35% de los electores acudió ayer a ejercer su derecho al voto, sólo unas décimas por debajo del registro cosechado en 2004, cuando la movilización ciudadana se achacó al especialísimo estado emocional de los españoles tras el trauma de la masacre yihadista.
Ayer, menos de cuarenta y ocho horas después del asesinato a tiros de Isaías Carrasco, la abstención se disparó sobre todo en el País Vasco -donde creció casi diez puntos-, influida presumiblemente por el llamamiento de ETA y de la iz-quierda abertzale a no acudir a las urnas. También en Euskadi se registraron los incidentes más llamativos -pocos- de la jornada.












