Se encontraron con un país enfermo, decrépito. Los coches, viejos y grises; los edificios, viejos y grises; la gente, vieja y gris.
Durante su estancia se hospedaron en un gigantesco hotel vetado a los moscovitas.
A cambio pedían dinero. ¿Rublos?, niet. Dólares americanos. Y si no había pasta se conformaban con intercambiar ropa, maquillaje, perfumes...
A la salida del país, cargadas las mochilas de caviar y vodka, dos armarios empotrados con uniforme de policías les hicieron abrir las bolsas. «Soltáis la guita y nosotros no hemos visto nada», vinieron a decirles, en un tono menos amable, ciertamente, que el de los moscovitas anclados a las puertas del hotel.
«¿Y una mierda!» Los tíos se abrieron las latas, allí mismo, en el aeropuerto, y se comieron el caviar a cucharadas. Acto seguido, no sin pocos lamentos, tiraron el vodka por el retrete.
A la vuelta a España comenzaron a pensar en Cuba. «Hay que ir a la isla antes de que la casque Fidel». Pero la vida se les fue complicando a todos y ese viaje nunca llegó.
Hace una semana, el grupo se reencontró. Dolidos, porque el comandante se ha retirado y «ya no hay tiempo» de conocer la Cuba castrista. «¿Seguro...?», preguntó uno.
Ayer les vi en una agencia de viajes encargando los vuelos.












