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Sociedad

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Huellas de nuestros antepasados
La mayoría de los dólmenes descubiertos en La Rioja están en Cameros A excepción del restaurado en Trevijano, presentan un lamentable estado de conservación
24.02.08 -

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Huellas de nuestros antepasados
Imagen del dolmen del Mallo, en Trevijano, el único restaurado y señalizado en nuestra región. /EFE
¿Cómo fueron los primeros riojanos, aquellos que por primera vez decidieron asentarse en este territorio en el que enterrar a sus muertos? Diferentes investigaciones recientes han rastreado las fases de ocupación y asentamiento de los primeros pobladores, su organización social y sus ritos funerarios. No obstante, y pese al empeño académico, hay un desconocimiento general sobre los restos megalíticos que atesora nuestra región y que son de mayor envergadura de lo que inicialmente pudiera parecer.

Aunque ha habido intentos por divulgar estos restos -el Gobierno de La Rioja comenzó un proceso de restauración con el dolmen del Mallo en Trevijano en el año 2001-, al final no se ha conseguido avanzar lo suficiente: en 2003, la Consejería de Cultura se propuso seguir con la rehabilitación del resto de dólmenes situados entre los ríos Iregua y Leza, pero el proyecto no terminó por llevarse a cabo. De momento, salvo el citado, los principales sepulcros neolíticos de Cameros son de difícil acceso y localización ya que no están señalizados.

Precisamente, es allí, en la Sierra de Cameros, en la línea de cumbres que separa los valles del Iregua y del Leza, donde se encuentra el mayor conjunto de dólmenes de La Rioja (diez). A estos habría que sumar el de 'La Cascaja', en San Vicente de la Sonsierra, y otros enterramientos como los túmulos de 'La Atalayuela' (Agoncillo), 'Portillo de los ladrones' (Viguera) y Rincón de Soto y las cuevas sepulcrales que en número de nueve se reparten por diferentes localidades de Cameros y Aguilar del Río Alhama.

Para el investigador, todos estos lugares de enterramiento son fundamentales para conocer las formas de vida de nuestros ancestros, pero para el neófito, son los dólmenes lo que atrapan su atención por lo que suponen de testimonio físico de tiempos pasados. El dolmen es una palabra bretona que significa mesa y es un monumento funerario formado por una cámara delimitada por grandes losas de piedra verticales o megalitos, rodeados por cúmulos de tierra y piedras. Los enterramientos se realizaban dentro de la cámara, que servía de panteón del pequeño grupo humano que había construido el dolmen. También era habitual que depositaran objetos que habían acompañado en vida a los difuntos.

Sepulturas del Neolítico

Como señalan los investigadores Carlos López de Calle, María José Iriarte y Lydia Zapata en su estudio 'Análisis paleoambientales en el dolmen de Collado del Mallo' (Revista Zubía, nº 13, IER, 2001), «el abanico temporal que marcan la construcción y uso de las sepulturas megalíticas coincide en gran medida con la implantación, desarrollo y consolidación de las primeras sociedades agropastoriles europeas (...)». «Tómese conciencia -añaden- de que los usos económicos de estos primitivos campesinos conforman la primera intervención humana a gran escala en el medio ambiente (...). Son los dólmenes, sin embargo, algo más que el sucinto aditamento funerario de las poblaciones que cambian el modo de relación con el entorno. Expresan una inequívoca voluntad de significación, una intención de modificación indeleble del paisaje, la decisión de conferir un contenido simbólico a una obra implantada sobre un espacio 'contaminado' de humanidad (...)».

Una cuestión importante sería saber cómo y por dónde llegó el ritual funerario de megalitismo a La Rioja. Según Pilar Utrilla Miranda, catedrática de Prehistoria de la Universidad de Zaragoza, «debemos descartar un origen autóctono dada la escasez de yacimientos pertenecientes a épocas anteriores al Neolítico y habrá que pensar en una difusión a partir de territorios vecinos». Entre ellos se encuentra el conjunto dolménico de La Rioja Alavesa, uno de los más espectaculares y, a diferencia de los de Cameros, mejor conservados del Norte peninsular. Todos ellos, siete en total, se encuentran en una franja al pie de la Sierra de Cantabria. Éstos se construyeron entre el 3.500 y 3.000 a.C. y se utilizaron hasta el 1.200 a. C.
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