Charlando pausadamente con Raúl Rivero sobre el futuro de la isla sin Castro, el escritor y periodista exiliado me comentaba que «es posible que durante un tiempo se trate de instalar una especie de fidelismo en el país, ya que las estructuras del poder son muy herméticas y el actual régimen dejará las cosas ciertamente amarradas para que no se quiebre la continuidad». Este disidente, sin embargo, al que estrechos lazos afectivos vinculan con La Rioja, sentenciaba: «La unidad dentro del poder se irá resquebrajando paulatinamente, surgirán las disensiones internas, y todo desembocará en un régimen más aperturista». Ha pasado con muchas de las dictaduras personalistas cuyos líderes únicos e intrasferibles han muerto en la cama: Mao Zedong en China, Franco en España, Tito en Yugoslavia, por no hablar de los que, tras décadas de opresión, salieron escaldados del poder: Ceaucescu en Rumanía, Sukarno en Indonesia, Musarraf en Pakistán (?).
El caso cubano es tan atípico, tan singular en tiempo, lugar y forma, que el porvenir se diagrama a través de una incógnita difícil de despejar en las primeras cien operaciones matemáticas. A pocas millas tanto de la miseria más absoluta -Haití es el paradigma- como del gigante multinacional -Key West se sitúa a tan sólo 145 kilómetros-, la isla rebelde tiene por delante un intrincado camino hasta alcanzar la democracia política y la democracia económica.












