La vacuna se desarrolla en base a un anticuerpo monoclonal (producto de la fusión de un linfocito B de ratón con una célula tumoral humana) que estimula la actividad inmune contra un blanco molecular específico presente en las células cancerígenas.
En el equipo intervienen expertos de la Universidad de Buenos Aires, de la Universidad Nacional de Quilmes, del Instituto Roffo -especializado en investigación oncológica-, la Academia Nacional de Medicina y el laboratorio Elea entre otros.
Las pruebas de fase III -como se denomina a la última etapa de un ensayo clínico exigida por las autoridades sanitarias para solicitar la aprobación del producto-, comenzarán en 760 pacientes de seis países: Argentina, Brasil, Cuba, India, Malasia y Singapur. Pero la idea es que más adelante se sumen pacientes europeos.
El grupo comenzó a trabajar en 1994 sobre distintas líneas de investigación en cáncer. Dentro de sus estudios, el desarrollo más avanzado e innovador es el de esta vacuna pensada para complementar las técnicas convencionales del tratamiento de los tumores que consisten en cirugía, quimioterapia o radioterapia.
La experta Gabriela Cinat, del Servicio de Oncología Clínica del Instituto Angel Roffo, explicó que después de la terapia clásica la enfermedad a menudo progresa de nuevo. «Nuestra intención es frenar esa evolución», destacó.
Un ensayo con 60 personas con melanoma y 20 con cáncer de mama que se vacunaron logró «resultados muy alentadores; el promedio de supervivencia fue mucho mayor al esperado», dijo la investigadora. «No los consideramos curados, sino largos supervivientes», advirtió. La vacuna apunta contra un blanco específico, más abundante en metástasis que en tumores primarios, por eso solo es útil como complemento de tratamientos habituales.
La conversión del cáncer en una enfermedad crónica es un objetivo que la ciencia persigue desde hace ya varias décadas.





