
Donde más son, pegados a Serbia, en Mitrovica, se juntaron unos 5.000 vecinos. Amas de casa con la compra, estudiantes de instituto con sus mochilas, jubilados de anoraks descoloridos, todos resignados y desorientados, buscando una salida. Miraban en silencio hacia el escenario de la plaza, donde iban a hablar los políticos locales.
El conjunto parecía despolitizado, sin banderas, pancartas ni coros. Sólo se oía música tradicional, una letanía nostálgica. Al rato apareció un grupo de jóvenes, con banderas y pancartas, y tomó posición junto al estrado. El acto empezó como protesta «contra el nuevo estado albanés ilegal que ha aparecido en Serbia».
En el público, caras de funeral. Nadie tenía ganas de hablar con periodistas extranjeros, que habían dejado a sus intérpretes albaneses al otro lado del río, por miedo a que les partieran la cara. Es la famosa convivencia con las minorías de la que hablaba el domingo la declaración de independencia.
El río Ibar corta en dos la ciudad de Mitrovica, con los albaneses al sur y los serbios al norte. Del puente para arriba es territorio serbio, empieza una comarca que aglutina a la mitad de los serbios de Kosovo. A diferencia de los enclaves solitarios salpicados por el territorio, aquí se sienten al cobijo de la madre patria, a media hora de la frontera. Pero nadie se engaña, Serbia empieza en el puente.
No se vende
«¿Kosovo no está en venta!», clamó Marko Jaksic, líder nacionalista, el que más habló y con más vehemencia. «¿Que levante la mano quien no quiera un Kosovo independiente!», arengó a la masa, que alzó sus brazos con tres dedos erguidos, del pulgar al corazón, como símbolo de los colores de la bandera serbia. Las pancartas reiteraban, en inglés, las ideas de la ofensiva diplomática serbia: «Resolución 1.244 dice que fuerzas serbias en el Kosovo serbio», «Sin una resolución de la ONU, la UE es un agresor», «¿Rusia, ayuda!»,...
Jelena, de 21 años, y sus amigas universitarias explican el punto de vista serbio. «Es como si la comunidad internacional va a España y le obliga a que se deje quitar un trozo», dice una. «Los albaneses tienen su país, Albania, han venido aquí y pueden vivir con nosotros si quieren, pero es que ahora rompen el nuestro», explica otra.
«No puedes mirar sólo a la guerra del 99, mira veinte años atrás, la vida aquí para los serbios también ha sido dura». La sensación de soledad, de acoso y paranoia, el victimismo, la mención a los bombardeos de la OTAN y no a las atrocidades serbias, es más palpable que en Belgrado.
Con muchos jóvenes serbios pasa algo curioso: parecen iguales a cualquier joven europeo, por la forma de vestir, sus gustos y su talante, además de que son adictos a 'Los Serrano', que se emite con subtítulos, pero al mismo tiempo dan la clara impresión de estar en una burbuja propia: «Tengo miedo, yo creo que habrá una guerra, pero de culturas, el Islam está creciendo. ¿Crees en Dios? Aquí todos somos religiosos, es fundamental, ¿cómo puedes vivir si no, entre las fuerzas que se mueven a tu alrededor?». Da vértigo oír en un café, con música de la MTV, lo que se lee en los libros sobre el miedo ancestral al turco en la frontera balcánica, hoy mutado en Al Qaeda.
«¿No nos dormiremos!»
Hacia la nueva línea divisoria, el puente del río Ibar, bajó la multitud tras los discursos. «¿No se acabó! ¿No nos dormiremos!», gritaban. La primera línea eran chavales de entre 15 y 20 años. Con bufandas del Partizan y el Estrella Roja, equipos que alimentaron con sus ultras a los Tigres de Arkan y otros paramilitares serbios. Parecían inofensivos. Sólo estalló un petardo.
Concentraciones diarias
Les esperaban ante el puente una veintena de agentes de la Policía kosovar, rumanos de la Policía de la ONU y otros de la KFOR, la fuerza de la OTAN. Uno de los mandos, de Kenia, tomaba fotos. Estaban con las manos en la espalda y no parecían muy nerviosos. Los chicos se pararon a un metro y siguieron desgañitándose. Había una fila imperceptible de tipos raros, rapados y forzudos, que fumaban mirando al suelo.
Agentes de paisano, no se sabe de quién. Todo estaba muy controlado. A trescientos metros, en la otra orilla, se ocultaban tras un edificio varios equipos antidisturbios de las Naciones Unidas, pero apenas se oía el alboroto serbio. No había nadie para escuchar. En el nuevo Kosovo hay proclamados dos días de fiesta, por lo que estaba todo cerrado. La protesta se disolvió. Prevén concentrarse cada día a las 12.44 horas, como la resolución de la ONU. Al contrario de lo que se temía, no pasó nada. Pero como los dos ataques con granadas del domingo, alguien tuvo que ser quien quemó un vehículo de la ONU en Zubin Potok, ahí al lado, en la noche de este lunes. Que todo esté organizado no quiere decir que no vaya a pasar nada, sino que quizá no es el momento.





