Uno. Las bodegas, pese a tener intereses contrapuestos en ocasiones, no tienen problemas para sumar sus fuerzas cuando la ocasión lo requiere. Eso explica que las dos 'uves' de Cenicero, e incluso alguna firma que se fue hace unos años de la agrupación matriz sin pagar las cuotas, sean capaces de volver a asociar sus proyectos si la ocasión lo precisa.
Dos. Los viticultores están condenados a desentenderse. Sólo así se entiende el beso de Judas después de casi dos meses de negociación para llegar al lugar de siempre: o el candidato es el mío o ya te pueden ir dando.
Tres. Las cooperativas son una jaula de grillos. Encajadas en el sector productor por los estatutos de la Interprofesional, y con nada menos que con el 45% de los viticultores, acaban votando, casi sistemáticamente, lo que desean las grandes bodegas, aun a costa de una guerra interna.
Cuatro. Los grupos minoritarios poco pintan, salvo para sacar alguna pequeña tajada -eso no es muy diferente al sistema parlamentario- cuando los tres grandes grupos necesitan un pequeño aliento para completar lo que prácticamente ellos en exclusiva deciden.
Cinco. La credibilidad del Consejo Regulador y del Rioja se resiente cuando la lucha por la Presidencia es tan encarnizada que las organizaciones son capaces de descabezar sin piedad a un candidato externo -no juez y parte-, cuyo perfil difícilmente hubieran podido encontrar si colocan un anuncio de empleo. La Interprofesional es decisión de los propios operadores y los resultados hasta la fecha innegablemente buenos: se vende más, de más calidad y el precio en origen también es bueno, pero atención a la 'facturita' que el espectáculo pasará esta semana en la prensa más o menos especializada.












