En los bolsillos (el trasero derecho era el único sobreviviente), el DNI y algunos mangos para la entrada y el choripan, porque la coca cola (era agua con cola, en realidad) la compartíamos entre todos. Poco más nos bastaba para pasar una tarde de fútbol, alegría y gloria. Eso sí. A la hora de entrar y salir del estadio, intentábamos pasar inadvertidos, como que la cosa no iba con nosotros. Incluso, recuerdo desde la nostalgia tener que hacerme el rengo alguna vez para que no me metan en quilombos ajenos. En Argentina, el fútbol es así, una cuestión de códigos y de estúpido fanatismo que te puede llegar a costar la vida. Uno sabe por dónde ir, cómo vestir y qué decir.
Al escuchar esto, mi amigo Chema -con Ch- me reconocía, hace unos días, que era muy triste. «No hay libertad», decía. «No hay cultura ni educación y uno aprende a vivir con ello», espetaba yo. Al segundo vino, Chema, que es un pamplonica muy español, dijo que a él le pasaba lo mismo: «Donde vivo no hay libertad y uno no puede decir lo que piensa porque te la juegas». Es una cuestión de cultura y educación, coincidimos, tanto en la surrealista Argentina como en el norte español cada vez más contaminado. Y es muy triste que aprendamos a vivir con ello. martins@diariolarioja.com












