La venganza del mundo sanitario contra quien tanto le había menospreciado ha sido inmediata. En una semana, me he tenido que poner en manos de todos los 'ólogos': ginecólogo, oncólogo urólogo, neurólogo, neumólogo, cardiólogo y radiólogo con el fin de que cada uno de ellos se conociera al dedillo aquella parte de mis interiores que corresponde a su especialidad. En una semana, mi cuerpo -ya no tan serrano- ha sido fotografiado al milímetro por todas las 'grafías': radiografía, tomografía, ecografía y sus primos hermanos, el scanner y la resonancia magnética, dejando para la posteridad un álbum surrealista de vísceras en todas sus posiciones. En una semana, mi piel virgen de pinchazos hasta hoy, ha sido asaltada por un enjambre de analistas, enfermeras y auxiliares de clínica que la han dejado como si hubiera caído en un zarzal. En una semana, mi natural impaciente -'cagaprisas', en el concepto más cercano a la verdad- ha tenido que aprender a aguantar entre los numerosos seres humanos que llenaban las salas de espera, tocados también por su enfermedad -la más urgente y la más importante para cada uno de ellos- hasta que oía pronunciar mi nombre para pasar a la prueba correspondiente.
He hablado antes de venganza; rectifico: es todo lo contrario. La generosidad, la dedicación, el buen saber, la eficiencia y la eficacia del personal sanitario y de los medios puestos a su disposición se han convertido en un ejército para ayudarme a expulsar de mis entrañas al asqueroso okupa que se ha aposentado sin permiso de nadie en mi riñón derecho.
Cuando escribo esta columna estamos aún en la lucha preliminar. Cuando ustedes, queridos lectores, la lean, ya se sabrá quien ha ganado.






