La importancia del acuerdo logrado por socialistas y populares no disipa, sin embargo, la impresión de que unos y otros han intensificado la diatriba sobre los debates aun cuando la celebración de los mismos parecía poco menos que inevitable no sólo porque los sondeos vengan pronosticando una reñida pugna por la victoria electoral, sino, precisamente, por la intensidad que habían adquirido las propias negociaciones. Ni el partido en el Gobierno ni el líder de la oposición podían permitirse la frustración que habría supuesto la imposibilidad de celebrar los cara a cara, una vez que ambos se habían comprometido a promoverlos en aras al interés de la ciudadanía y ante las dificultades para ofrecer explicaciones creíbles a la posible falta de acuerdo. De ahí que la sensación que queda en el ambiente es que el debate sobre los debates se había convertido en un nuevo instrumento para azuzar la controversia. Y por ello resulta tan reveladora la sinceridad con la que el presidente del Gobierno ha admitido, creyendo que su micrófono estaba cerrado, que conviene a sus objetivos que exista «tensión» a fin de movilizar el voto socialista. Ante la tentación de considerar que la mera celebración de los debates constituye un gesto capaz de amortiguar los excesos que puedan cometerse de aquí al 9-M, tanto Rodríguez Zapatero como Rajoy están obligados a esforzarse para que su duelo televisivo no suponga una insatisfactoria reedición de los planteamientos que más polarizan a sus respectivos electorados.






