Por más esfuerzos que hago en quitar la paja sobrante, que se acumula como fardos, me he sorprendido a mí misma zigzagueando como un encefalograma de la carcajada a la decepción. Pero si hay un sentimiento recurrente es la ira. Ira diaria en sesiones de mañana tarde y noche y siempre con el mismo tema: los malos tratos en su máxima expresión. Aquellos que acaban con la vida de la mujer a manos de su pareja.
Afortunadamente no me he acostumbrado a la noticia, no me produce la pasividad que ya me provocan varios conflictos que -por reiterativos como sucede con la violencia doméstica- ya han dejado de sorprenderme.
Por lo general, antes de llegar a la violencia extrema, cada caso de malos tratos ha tenido unos antecedentes, denuncias, gritos, palizas, anulación, insultos, por los que muchos deberíamos entonar el 'mea culpa' por nuestro silencio. No llego a entender en las crónicas televisivas, cómo los vecinos, por norma general, anuncian que ya conocían la situación, habían oído discusiones subidas de tono en más de una ocasión e incluso que era una muerte anunciada.
Estos hechos nos hacen cómplices de una de las mayores lacras de nuestra sociedad a la que hay que poner freno inmediato, pero no sólo dejándolo en manos de nuestros políticos, con propuestas que no dudo sean efectivas en última instancia, pero nosotros, padres, vecinos, hijos, nietos, sobrinos, amigos, conocidos e incluso desconocidos somos los que tenemos que dar el primer paso: denunciar.













